Hace unos meses Woody Allen brindaba en CASSANDRA´S DREAM su ración anual de cine con un relato -para muchos decepcionante- de las miserias humanas pretendidamente trágico, trazando los dilemas que brotaban ante lo que parecía el crimen perfecto. Dos hermanos intentaban huir de la mediocridad cometiendo un asesinato por encargo de su millonario tío, aunque, como en toda tragedia que se precie de serlo, el rumbo de lo previsto se torcía por las flaquezas de uno de los jóvenes. Parecía el genio neoyorquino el más dotado para clavar el bisturí en la psicología afectada en torno al homicidio premeditado. 
ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO vuelve a demostrar que el poder de los proverbios puede materializarse en forma de cine sólido y sin fisuras, es la prueba que Sidney Lumet aporta para validar los recursos de la experiencia. No deja de ser ilustrativo que sea el maestro -ya octogenario- quien revele una acrobática resistencia contra el tiempo hablándonos de impulsos tan humanos con semejante lucidez. Porque hay que andar sobrado de vueltas para reformular el lenguaje del mejor cine negro clásico trasladando en imágenes un conflicto de dimensiones trágicas tan evidentes. Su nueva película es una potente, reflexiva, inmisericorde alegoría sobre la corrupción moral a través de una historia de perdedores que huele a buen cine en
cada fotograma. Nos adentra Lumet en la odisea de hermanos fracasados, encarnación postmoderna del antihéroe que daba brillantez y carisma al noir de los años dorados de Hollywood. Y nos cuenta con ellos la historia de un robo fallido cubierto con más sangre de la prevista, un asalto que vertebra una trama argumental de fascinante estructura narrativa y un complejo subtexto que va desplegándose en paralelo a nuestra capacidad de asombro.
deudas y penosas cargas familiares que quizá ellos mismos atraigan. Una realidad absorbente digerida a base de sendos escarceos con el alcohol y las drogas, y que empieza a pesarles como una losa. Dos personificaciones del derrumbe de esquemas vitales -laborales, conyugales, sentimentales-, que cada cual intenta sortear aún a costa de su integridad física y moral -uno busca refugio semanal en casa de un dealer de heroína, el otro se sirve del sexo frecuente con su cuñada para resarcir un matrimonio naufragado-. Lejos pues de ser patrones de conducta, ni por asomo.
n trazado sórdido y negrísimo, azabache, en torno a la progresiva degradación de estos aficionados delincuentes. Los dos dan cuerpo a los designios del fatum que, otra vez aquí, se cebará sin clemencia anunciándose a nosotros desde el primer segmento de la película. El tono y el timbre de la misma no inducen a engaño. Todo preanuncia la desgracia, el irrefrenable descenso sin paracaídas al que se lanzan los protagonistas, hermanados más que nunca en su común desastre.
Hay dos escenas clave para entender el alcance simbólico de la historia. Una conversación entre el anciano y su primogénito, núcleo de afectos que se adivinan quebrados por mutuas frustraciones. Y un broche estremecedor, uno de las conclusiones menos piadosas que podrían finiquitar la tortura, y que no revelaré en beneficio de quien se adentre en estos fangosos terrenos.
Nadie mejor que el veterano Lumet -atiborrada maleta de oficio desde la extraordinaria DOCE HOMBRES SIN PIEDAD (1957)- podría captar con tan irónica agudeza el vaivén emocional de estos personajes, el aroma filosófico de una propuesta que dignifica los viejos patrones sin que apesten a naftalina.
La quimera de una salida posible que el azar truncará. En medio, y repartiendo orgasmos, la imponente Marisa Tomei en el papel de Gina. Se revalida como excelente actriz dramática con esta seductora femme junto la que ambos planean reiniciar su vida -huyendo a Brasil o asentando una relación amorosa-, el molde curvilíneo de esas ilusiones que jamás cristalizarán.
con el temple que le otorga su herencia iconográfica una poderosa metáfora sobre lo más enfermizo que todos escondemos, un espejo de depravaciones y ruindades varias para las que no hay redención. Lógico que lleve la firma del gran artesano Lumet. Sólo alguien de su categoría puede despellejar a sus criaturas y, además, hacerlo con estilo. Ventajas de la edad.