
En la primera mitad de los años cincuenta, David Lean ya era considerado uno de los mejores realizadores del cine británico. Antes de destacar como uno de los pocos cineastas conocidos por el gran público debido a cintas como Lawrence de Arabia, El puente sobre el río Kwai o El doctor Zhivago, Lean dirige dos buenas películas que, en comparación con esas superproducciones, casi han pasado desapercibidas por las nuevas generaciones.
Se trata de un drama y una comedia que poco tienen en común, si no fuera porque ambos largometrajes son sendos retratos de mujeres, con fuerte personalidad y enfrentadas a padres rígidos y autoritarios. El primero de los filmes, Madeleine, se basa en un caso real de homicidio acaecido en el siglo XIX donde trascendió, más que el crimen en sí, el célebre proceso que vino después contra la mujer del título.
El argumento arranca en el momento en el que la joven se promete en matrimonio con un aristócrata, al tiempo que se ve a escondidas con otro hombre de una clase social inferior. Una aventura viciada desde el principio donde unas cartas comprometedoras pueden dar al traste con la futura vida de Madeleine si llegan a manos de su padre.
El chantaje, el asesinato, las sospechas y el juicio, en cada una de sus fases, descubren la fortaleza de carácter de la protagonista y el buen hacer de Lean, más cercano a sus adaptaciones formalistas e intimistas de Charles Dickens, que a las citadas películas épicas que le encumbraron al olimpo de los directores.
Protagonizada por Ann Todd, a la sazón esposa de Lean, es sin duda la mejor película de su carrera como actriz y, por tanto, la más destacada de las tres cintas que hizo con su marido (las otras dos fueron Amigos apasionados y La barrera del sonido).





