La cinta es un conjunto de cuadros ligeramente entrelazados con el humor como protagonista y con el surrealismo como su pareja de baile. Ambos unidos para denunciar el comportamiento humano, egoísta y cruel, con la siempre difícil herramienta que es la comedia.
La serie de sketchs —la mayoría de ellos— tienen como nexo de unión a dos vendedores ambulantes de artículos de broma. Ellos, con su apariencia sombría y triste, contrastan con los objetos con los que comercian de la misma forma que, en un sentido más general, a lo largo de todo el filme, Andersson enfrenta lo despiadado del ser humano con las risas del público.
El humor del director sueco es difícilmente clasificable. Sus personajes tienen el rostro pintado de blanco, como los mimos (la palabra griega “mimo” significa imitación de la realidad), pero sin los contornos tan definidos. Son mimos “deprimidos” y sin consuelo que se comportan con la resignación propia del que sabe que formar parte de la humanidad es la madre de todas las desgracias. Lo hacen dilatando el tiempo, sin prisa, en un entorno también sin personalidad y rematando el elaborado gag con una sorpresa final que desencadena la risa. Por buscar alguna similitud, podíamos decir que el personaje típico de Andersson es el que solía interpretar Buster Keaton, pero participando en una película de Jacques Tatí.
El único problema que presenta la cinta es el alto nivel con el que arranca: los tres gags sobre el enfrentamiento con la muerte son estupendos, también el de la academia de baile y los que tienen lugar en un bar, con salto en el tiempo incluido. Con tal comienzo, mantener el mismo ritmo de carcajada por sketch durante 101 minutos es casi imposible. A pesar de que la cinta va decayendo con el tiempo, con algunos picos divertidos casi al final, el conjunto resulta muy recomendable; y saludable. A nivel colectivo se puede aplicar lo mismo que a nivel personal: lo mejor para combatir la depresión es reírse de uno mismo.







