Comedia ligera de la RKO sobre los problemas de una pareja que entra en crisis tras decidirse a comprar una casa. Un antecedente claro de películas como Esta Casa es una ruina (The Money Pit de Richard Benjamin, 1986), pero bastante más lograda gracias a no abusar del slapstick ni de los golpes efectistas, y limitarse a narrar de forma realista los problemas a los que se enfrentan un matrimonio de clase media cuando por fin deciden embarcarse en esa aventura que es la adquisición de una vivienda.
El guion está basado en la novela autobiográfica de Eric Hodings, y la realización corre a cargo del director todo terreno H.C. Potter, un cineasta que aunque tocó varios géneros dio sus mejores trabajos precisamente en la comedia. La cinta se disfruta con una sonrisa permanente y tiene hasta algunos alardes técnicos dignos de mencionar, como el largo plano secuencia del arranque, cuando Potter nos muestra el pequeño apartamento donde viven los Blandings antes de decidirse a cambiar de casa; o la panorámica de 360 grados, mientras la pareja echa un vistazo a la parcela que acaban de comprar.
El trío protagonista es de lujo: Cary Grant (muy bien, como siempre) es un publicista en dura pugna con el slogan adecuado para la campaña en curso; un padre de familia sufridor, acosado por las facturas; y un marido con la permanente sospecha de que le están poniendo los cuernos en cuanto se da la espalda. Myrna Loy es su mujer, un tanto desordenada y que toma decisiones sin tener mucho en cuenta las consecuencias. La actriz, muy bien dotada para la comedia, resulta en esta ocasión algo sosa. Quizás la ausencia de William Powell, su pareja cómplice en tantas películas, tenga algo de culpa en el bajo rendimiento de la estrella. Y, por último, Melvyn Douglas, muy bien en su registro de caballero elegante y algo cínico. Es el narrador de la historia, el tercero en discordia, el abogado de la familia que parece estar deseando que todo se vaya al traste para aprovechar el río revuelto y conseguir que la mujer caiga entre sus redes.
Y es que Potter insinúa el adulterio (véase el buñueliano plano final), pero sin llegar a ensañarse con él. En donde sí pone el acento es en algunas situaciones cotidianas que se nos antojan muy familiares, y divertidas: ese tubo de pasta de dientes hundido por la mitad, el cristal empañado en el espejo del cuarto de baño, el desigual reparto de cajones para la ropa, o los miles de frasquitos de colonia o de cualquier otro mejunje en las estanterías del aseo, son varios ejemplos de lo que nos depara la dura convivencia diaria a todos los mortales.
Aunque el filme se desarrolla y concluye de una forma muy convencional —es lo que se le pedía a este tipo de comedias en los años cuarenta—, a lo largo del metraje, si uno está atento, puede descubrir cierta denuncia al capitalismo, a la publicidad agresiva que hace que consumamos productos que realmente no necesitamos. Es lo que le ocurre al protagonista que, trabajando en el gremio, finalmente cae en su propia trampa.






