

Rosales evita, en el dibujo de estas soledades varias, caer en el estereotipo frío, alejado de la realidad. La película deja hacer a sus actores y nos golpea con su extrema verdad en cada uno de los capítulos que la segmentan. Los protagonistas no tienen comportamientos canónicos y pautados, sino que se mueven, dialogan y callan con el solo resorte del instinto, reaccionan ante los envites de la vida de forma imprevisible, auténtica, veraz. La joven separada que emigra a la capital con su hijo y acaba viendo mutilada su precaria estabilidad o la entregada madre que capea con estoicismo los problemas de sus tres hijas son tan identificables como carnales, nos adherimos desde el comienzo a su dolor, participamos con actitud cómplice y piadosa de su destino -que podría ser el nuestro-. Su lucha para afrontar los problemas, su dignidad al superarse con la desdicha nos empapa, nos alienta y nos sirve de espejo en el que mirarnos.
La puesta en escena para este guión de hierro hereda la funcionalidad y el distanciamiento de gran parte del cine vanguardista europeo tan admirado por Jaime Rosales. Con un austero y bergmaniano valor teatral de las secuencias, abundan en LA SOLEDAD los planos fijos con cámara estática, ante los que evolucionan las sufridoras figuras como en un cuadro animado. Una planificación sencilla, contemplativa, analítica, que le confiere un peculiar ritmo, tan irritante para los amantes del cine palomitero, tan adictivo para los que amamos un cine visceral que transpira verdad. Además, el repetido uso de la polivisión -original recurso que fragmenta la pantalla para mostrar dos acciones simultáneas o dos perspectivas de una misma acción- enriquece nuestra experiencia como
observadores, nos ayuda a entender el aspecto polifacético de las cosas, la complejidad de la vida misma. Con esta creativa solución expresa el director el oscuro pozo de incomunicación y aislamiento al que estos unos humanos -en el campo y en la ciudad, en las relaciones de pareja y en el núcleo familiar- caen sin pretenderlo. Y lo más importante: nos permite ser voyeurs de estos pedazos de existencia, nos metemos con sigilo y discreción en la cotidianeidad de los personajes, LA SOLEDAD -con su innovadora técnica- nos permite fomentar nuestra humanísima curiosidad.
Junto a ello, me sorprendió el uso inteligente del sonido directo -con distintos planos de intensidad en función de la lejanía de los actores-; el sabio trabajo con el fuera de campo -articulando así las secuencias de mayor carga dramática-; la expresividad de unos diálogos certeros, a
gudos, de una hondura disfrazada de ligereza; el poder aún más expresivo de los silencios -más contundentes que las palabras-; la ausencia absoluta de partitura musical que acompañe las imágenes y relaje el casi insoportable peso de tristeza que tiñe la historia; la profesionalidad y generosidad de los actores, auténticos creadores de estos retazos de vida, cuyos rostros y gestos otorgan una firmeza emocional deslumbrante -me enternece sobre todo la grandiosa Petra Martínez en todas sus escenas-.
Son todos éstos ingredientes que alimentan una obra de autor ajena a las exigentes reglas del mercado, una manera de hacer cine en las antípodas de la ortodoxia. Con ellos, LA SOLEDAD se crece como película, se convierte -dentro de la victimista industria española- en una enorme obra de arte a contracorriente. La más genuina, sincera, rotunda y brillante obra artística parida a base de audacia, gran dosis de compromiso y una enorme libertad.
