Anderson nos sitúa en tres tramos de la vida de Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), un minero metido a empresario petrolífero, que a medida que va teniendo éxito en sus prospecciones, se vuelve más huraño e irritable. Su duro carácter chocará también contra el de Eli Sunday (Paul Dano), un predicador iluminado que desea que su iglesia también se beneficie del boom del oro negro.
No cabe duda de que Paul Thomas Anderson sabe usar la cámara. El aspecto visual de su obra demuestra que Anderson maneja con soltura los recursos estilísticos que ofrece el cine sin necesidad de buscar utilizar toda clase de ángulos extraños o forzadas composiciones. El director californiano muestra un catálogo casi inacabable: largos planos secuencia, travellings, picados y contrapicados, contrastes crudos (apoyados en una magnífica fotografía a la que sólo podemos referirnos como “crepuscular”), elipsis temporales, fundidos a negro…
Toda la película gravita en torno a la figura de un excelso Daniel Day-Lewis, tan contenido en unas escenas como desbocado en otras, que precisamente son aquellas en las que mantiene su particular enfrentamiento interpretativo con Paul Dano (al que ya viésemos en Pequeña Miss Sunshine, y que, a pesar de ciertos excesos, también compone un personaje de mérito). Quizás dichas escenas se salgan un poco del tono general del filme, pero visto lo peculiar del hilo narrativo tampoco es excesivamente extraño.
Este es uno de los problemas principales de Pozos de ambición: no es posible seguir la evolución dramática de los personajes al completo. Unas veces porque aparecen y desaparecen de escena. Otras veces porque existen cortes temporales abruptos que dejan al libre albedrío del espectador imaginarse qué ocurre entre medias, y por qué. Los diálogos, además, no son especialmente abundantes, y los pocos datos que podemos tener de los personajes se basan en lo que Anderson nos deja ver.
Llamativa resulta la música de Jonny Greenwood, componente de Radiohead, que encantará y espantará a partes iguales. Lo que está claro es que no dejará indiferente a nadie. No dudo de lo adecuado de ciertas atmósferas sonoras que consigue, pero hay veces que parece luchar por imponerse sobre la imagen. La verdad es que, con otra música, estoy seguro de que Pozos de ambición sería otra película distinta, quizás mejor, quizás peor.
Por encima de todo, la obra de Anderson es fascinante y envolvente como pocas. Resulta difícil no dejarse llevar por los sentidos y disfrutar de los andares torpes y cansados de un Day-Lewis que nos lleva de la mano en el descenso hacia lo peor del alma humana; un alma que, al contacto con el viscoso y oscuro petróleo, se ennegrece por momentos de forma irremisible. Un intento tan pretencioso como cautivador de desmitificar aquella dura y terrible California del siglo XX.
