Los hippys han pasado de moda y ellos son una especie de continuación del amor libre de los sesenta, pero en su versión de delincuentes pasotas.

★★★☆☆ Buena

Los Rompepelotas

Es habitual referirse a los años setenta en Europa, y en el mundo entero, como a la época más floja del cine (lo decimos en general, puesto que sabemos de la existencia de grandes películas en ese período). Fueron los años del uso desmedido del zoom, de la descuidada fotografía en color y del manierismo desatado con exceso de simbología y modernismo mal entendido. De todos esos “logros” y alguno más que dieron al traste con demasiadas producciones que hoy en día son para olvidar. Sin embargo, algunas de estas películas, digamos de realismo sucio y provocador, algo envejecidas en la actualidad, han conseguido superar el lastre de los años sencillamente por el buen hacer de realizador e intérpretes. Es el caso de Los Rompepelotas.

Les Valseuses (Los cojones, si empleamos una traducción literal) es un producto muy personal de su director, el escritor Bertrand Blier (hijo del actor, Bernard Blier) y no tiene nada que ver, que nadie se lleve a engaño, con las típicas y poco afortunadas comedias-norteamericanas-de-universitarios-salidos-y-desmadrados. Es el primer éxito del realizador francés y da origen a una singular carrera que comienza con cintas del mismo corte: comedias surrealistas, provocadoras, con mucha carga sexual, pero muy apreciadas por la crítica y por cierto sector que las encumbra como filmes de culto.

Los Rompepelotas son dos jóvenes, Jean-Claude y Pierrot, (Gerard Depardieu y Patrick Dewaere, respectivamente) que se dedican al robo de poca monta por diversión y buscan en las mujeres el sexo sin tapujos. No las violan, sólo intentan que ellas consientan en la práctica de un sexo alegre y distendido. Digamos que los hippys han pasado de moda y ellos son una especie de continuación del amor libre de los sesenta, pero en su versión de delincuentes pasotas. En uno de sus atracos, un robo de un automóvil que terminan por devolver, las cosas salen mal y a Pierrot le disparan en los testículos. En la huida, se les une, al principio  obligada, luego no tanto, Marie-Ange (Miou-Miou), una joven distante que se comporta en la cama como un témpano de hielo, a la que los dos amigos se empeñan en curarle la frigidez. Al mismo tiempo, Jean-Claude intenta convencer -y demostrar- a Pierrot que no debe preocuparse por las secuelas del disparo: que no lo han dejado impotente.

La cinta, por tanto, discurre a través de una serie de sucesos absurdos, con una estructura de road-movie, donde el trío se encontrará con diversos personajes tan extraños como ellos: una mujer madura (Jeanne Moreau) recién salida de la cárcel, en quizás el mejor segmento del largometraje por lo que recuerda a la excelente Jules et Jim de Francois Truffaut (1962); el hijo de la anterior, otro expresidiario, pero esta vez virgen; la flamante esposa de un militar, que viaja para ver a su marido de permiso mientras amamanta a su hijo en el tren; una familia burguesa, cuya hija (una jovencísima Isabelle Huppert, antes de que la descubra Chabrol) quiere unirse al trío de delincuentes; etcétera.

Bertrand Blier no sigue la moda -lo cual se agradece bastante- y rueda sin usar el maldito zoom, mientras prefiere mover la cámara o emplear recursos tan elegantes como el largo y cuidado travelling de la secuencia del auto-stop. También se presenta como un cinéfilo empedernido, con más referencias a películas clásicas a parte de la citada de Truffaut (anotamos una muy clara: Sucedió una noche (It Happened One Night) de Frank Capra, 1934), y con algunos elementos muy cercanos a la Nouvelle Vague (argumento personal sin una trama definida, la muy citada referencia a Jules et Jim, el hecho de adaptar una novela del propio Blier, actores adscritos al movimiento, etc.).

La cinta fue un escándalo en su día y sufrió cortes en numerosos paises que posteriormente fueron subsanados en las distintas ediciones en vídeo y DVD. Hasta se tuvo que rodar un final alternativo (evidente influencia posterior en Thelma & Louise de Ridley Scott, 1991) para poder distribuirla en Estados Unidos. Por supuesto, nosotros nos quedamos -y recomendamos- la excelente conclusión abierta del original de Blier; y la película en su totalidad.

Lo mejor: El manejo de la cámara, las referencias cinéfilas.
Lo peor: El título.
publicado por Ethan el 18 noviembre, 2021

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