Crítica de

La alta sociedad

Disparate saturado de golpes (lo de los golpes es literal: el slapstick que no falte) muy graciosos que hacen sonoras las carcajadas de un público entregado al absurdo; también liberado.
La alta sociedad

En la costa norte de Francia, en las marismas que dan acceso al Canal, la desaparición de varios turistas ha puesto en guardia a las fuerzas del orden. Una pareja de policías investigan lo que podría ser un caso de asesinatos en serie. Mientras en lo alto del acantilado disfrutan de sus vacaciones estivales la familia Van Peteghem, a nivel del mar pescan los mariscadores de la familia Brufort, que también dedican parte de su tiempo a dar paseos a los turistas.

Nada extraño en una trama que podría ser convencional, sino fuera porque la pareja de policías la forman un obeso mórbido tan inepto como su insignificante compañero, agentes de la ley que se limitan a rodar por las dunas y a constatar que hay un misterio que resolver; sino fuera porque la familia Van Peteghem la forman los personajes más extravagantes que han pisado un plató, que ni siquiera el más delirante Fellini hubiese imaginado; sino fuera porque la familia Brufort son unos degenerados; sino fuera…

Incestos, canibalismo, travestismo, y varios “ismos” más forman parte de una absurda parodia de crítica social (los de “arriba” y los de “abajo”), de un remedo de Romeo y Julieta cuando la chica/chico (no se sabe bien qué es) de los Peteghem se lía con Ma Loute, el mayor de los Brufort. Historia de amor que quiere dar sentido a una película que si alguna vez lo tuvo, lo pierde para siempre en un momento dado en el que la falta de gravedad suma el surrealismo a una comedia negra con guiños a Hergé (por lo de los policías con bombín) y al citado Federico Fellini.

Actores conocidos (Juliette Binoche, Valeria Bruni-Tedeschi, homenajeada en el festival, Fabrice Luchini) dan rienda suelta a la sobreactuación improvisada que por una vez se encuentra justificada. Algo que imaginamos habrá resultado liberador para profesionales siempre ajustados a guiones más o menos dramáticos. Argumentos que aquí brillan por su ausencia para convertir todo en un disparate saturado de golpes (lo de los golpes es literal: el slapstick que no falte) muy graciosos que hacen sonoras las carcajadas de un público entregado al absurdo; también liberado.

Lo mejor
Los guiños a Hergé y a Fellini.
Lo peor
El argumento brilla por su ausencia.

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