Tras una veintena de largometrajes en la Columbia, Dama por un día significó el punto de inflexión en la carrera de Frank Capra; y en la del estudio (ambos, Capra y la Columbia consiguieron su primera nominación al Óscar como mejor director y mejor película, respectivamente). Un éxito que se debe, en parte, al encuentro de Capra con el que sería su guionista durante toda la década de los treinta, Robert Riskin, y que se remonta a un par de años antes cuando el realizador rueda The Miracle Woman (1931).
Para escribir el guión de Lady for a Day, Riskin adaptó el relato “Madame La Gimp” de Damon Runyon. El argumento de la película descansa en uno de los temas recurrentes en la filmografía de Capra: la Cenicienta, se puede decir que es la culminación del modelo:
“Annie Manzanas” (May Robson) es una pobre indigente que sobrevive en Nueva York vendiendo fruta por las calles. La anciana le hace creer a Louise (Jean Parker), su hija ilegítima que tiene estudiando en Europa, que vive holgadamente y que forma parte de la nobleza. Cuando Louise le anuncia que está próxima su visita a Nueva York, Annie se desespera: su hija viene con su prometido, Carlos (Barry Norton), y con su suegro, el conde Romero (Walter Connolly), ambos deseosos de conocer a la “distinguida” señora. Del problema de la vieja no es ajeno “Dandy” (Warren William), un gánster supersticioso que se ha acostumbrado a comprar las manzanas de Annie antes de llevar a cabo cualquier “negocio”. Temeroso de perder su suerte, Dandy decide ayudar a la vieja y monta toda una farsa alrededor de ella. Auxiliado por su novia “Missouri” (Glenda Farrell), la responsable de la increíble transformación de Annie en una aristócrata, y por “Happy” (Ned Sparks), su mano derecha, Dandy persigue mantener el engaño el tiempo que dure la estancia de Louise en Nueva York. Nada será fácil en esta representación donde todo es tan falso como “El Juez” (Guy Kibbee), un estafador habitual de los billares, que se ha transformado para la ocasión en el marido de Annie.
Para este viaje entre el drama y la comedia, Dama por un día se apoya en una correcta puesta en escena y en la excelente fotografía de Joseph Walker, otro de los colaboradores habituales de Capra. La mayoría de las secuencias arrancan con planos generales de situación para luego gestionarse con encuadres medios y americanos nada barrocos. Capra sólo se permite el lujo de un fuerte picado para resaltar el punto de giro principal de la película, cuando los mendigos le explican a Dandy el problema de Annie. En el resto del metraje, la dinámica cámara de Walker sigue los movimientos de los actores con tanta elegancia como en los dos travellings, intencionadamente similares, que acompañan a May Robson en las secuencias más dramáticas: más rápido cuando Annie entra en el hotel y se dirige a recepción para recuperar la carta de Louise, y más pausado cuando decide contar toda la verdad casi al final de la película.
El propio Capra admitió que hizo Dama por un día para volver a obtener el favor del público, para no distraer a la audiencia con una fotografía llena de efectos y un decorado fastuoso como el de su anterior película La Amargura del General Yen (The Bitter Tea of General Yen, 1933). El director se quedó con parte de la trama (de nuevo el cuento de la Cenicienta) para trasladarla al bajo Manhattan. Pasó del exótico palacio del general Yen al decorado realista del Lower East Side de Nueva York; de la joven Barbara Stanwyck a la anciana de setenta años a la que da vida May Robson. La veterana actriz era una asidua del teatro, pero una completa desconocida en Hollywood. El papel lo consiguió cuando sólo restaba una semana para comenzar el rodaje y, paradójicamente, la poca familiaridad del público con su rostro finalmente se tornó en ventaja al conseguir dotar de mayor credibilidad al personaje. Su actuación fue merecedora de la cuarta nominación al Óscar que se llevó la cinta (la tercera fue para Riskin).
Con May Robson conduciendo el drama, y la banda de Dandy la comedia, todos bajo la atenta mirada de Capra, el filme resulta una perfecta mezcla entre los dos géneros. Un cuento de hadas que combina la fantasía con la cruda realidad de la Depresión. Donde se van superando las complicaciones con elegancia y con precisión de relojero en el último minuto. Tanto que para algunos autores es la película de Capra más cercana a la perfección (era la preferida de John Ford). Hasta el propio Capra no dudó en confesar que era su favorita.







