La vida abismal decepciona por una más que inconveniente puesta en escena, que no es creíble, que se advierte chapucera por más que el argumento deslumbra en escenas sueltas ( tal vez el principio ). No he visto a Óscar Jaenada haciendo de Camarón, pero aquí anda atribulado, confundido, despistado, deprimido, como la canción de Hilario Camacho. No se le ve a gusto y está el personaje como deseando que la película acabe.
El Chino ( así se llama ) está de vuelta de mucho, pero el actor que nos lo pone en pantalla no lo explicita: se queda en una impertinente gestualidad y en un rostro con intenciones, aunque inexpresivo.
Personajes que viven al límite no llenan una película por mucho que haya lo que uno supone que va a haber contando la historia que sospechamos que nos van a contar, pero todo se aviene a la precariedad cuando lo que pide es apasionamiento ( enfermizo si se quiere cuando los temas que se narran son grandes y requieren grandes palabras o una voluntad también grande de no arruinarlo todo por no cuidar detalles ). Me viene ahora a la memoria la escena ( patética ) de la declaración de amor con la chica francesa. Si ponen un tráiler y dan esas escenas, ¿ va uno al cine ?
Ventura Pons hizo El porqué de las cosas (1993) y Anita noi pierde el tren (2000). Busque el amable lector en algún videoclub alguna de ellas o las dos y verá que hay oficio y maneras. La primera fascina. Aquí no hay encantamiento, ni por asomo.
Lo mejor: Antonio Valero, un secundario estupendo siempre. ¿ Algo más ? Bueno, la idea de que tendrá su público porque mala ( lo que se dice mala ) no llega a ser.
Lo peor: La pereza dramática, su inacción, que no perturba... Y un argumento así debe perturbar ( y cuanto más, mejor )
