La ciencia del sueño ha puesto sus expectativas en la presentación de fotogramas animados que plastificaran el mundo interior del personaje con imaginación y optimismo, pero no lo consigue. Más bien, aturde, desconcierta y agota.

★★☆☆☆ Mediocre

La ciencia del sueño

Viva la desorganización! Esta proclama que sentencia el personaje soñambulista que interpreta con solvencia –aunque la verdad es que para parecer alelado no hay que ser el mismísimo Stalislavski- el mejicano Gael García Bernal, no es tan sólo un retazo fugaz que acompañe a este estofado de imágenes pseudoníricas que es La ciencia del sueño. No, es algo más, es una declaración de intenciones de un Michel Gondry liberado de los excelentes guiones que Charlie Kaufman le había agenciado hasta ahora con una genialidad más que manifiesta en la magistral ¡Olvídate de mí! y en la inferior y desquiciada (pero con una lógica personal) Human nature.

Y es que en La ciencia del sueño todo parece desorganizado, como un collage pegado al azar mediante un pastiche de fotogramas montados sin criterio. Por mucho que lo quiera Gondry, nadie acaba por creerse el mundo más o menos imaginativo –cosa que hasta dudo- de los duermevelas del protagonista. Por el contrario, la propuesta de conjunto se desmenuza con facilidad, dando la sensación de que uno ha asistido a una sesión de escenas naïfs (esa es la palabra: ingenuas), que por supuesto no acaban recalando en ningún puerto. Quizá creyó el director que presentando numerosas imágenes dislocadas y que representan el mundo emocional del joven enamorado, el espectador saldría del cine alucinado y agitando palmas al aire. No basta, Gondry, no basta.

De hecho, es curioso que acabara disfrutando más del woodyalleniano personaje del compañero de trabajo, un divertido Alain Chabat, que de las -ya al final de la película angustiosas- odiseas del atribulado Stephane. Y es que más vale una cabra sobre un risco que nubes volando. La ciencia del sueño ha puesto sus expectativas en la presentación de fotogramas animados que plastificaran el mundo interior del personaje con imaginación y optimismo, pero no lo consigue. Más bien, aturde, desconcierta y agota.

Hay momentos que levantan la película, pero lo que dura un soplido. Como ya he dicho, Chabat y sus diálogos son de oro, como lo son de plata las primeras ensoñaciones de Gael. La pelotuda y friki pareja de compañeros es simpática, sirviendo de contrapunto al pragmático Chabat. Charlotte Gainsbourg –para comérsela en la escena de la fiesta, con esa mini sesentera- pasa como si nada entre sueño y sueño de su agilipollao ¿partenaire? Lo demás, es de cartón, papel maché y algodón. Quien espere regresar al universo de ¡Olvídate de mí! se sentirá defraudado. Ni por asomo se le acerca. Sería como comparar el corta y pega preescolar con un Chagal.
publicado por Ramón Besonías el 9 marzo, 2007

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