Después de tres películas, que en realidad son cuatro ya que El Dragón Rojo era el remake (perdón, nueva versión, que con tantos términos uno se confunde) de Hunter, ¿acaso hay algo que ya no sepa el público acerca de la obra y milagros de Hannibal Lecter? En fin, semejantes dudas existenciales y tales disquisiciones morales y filósoficas se las dejamos a ustedes, queridos lectores, que son los jueces más apropiados. Hannibal: El Origen del Mal nos cuenta, como bien reza su título, la traumática infancia y juventud de Hannibal Lecter (Gaspard Ulliel), y el hecho que lo convirtió en un monstruo sanguinario y despiadado. Después de esa excelente película que es La Joven de la Perla, Peter Webber afronta semejante reto sin complejos, y firma una más que aceptable cinta de suspense, tenebrosa, aunque peca en exceso de truculencia. Los primeros treinta minutos son lo mejor del film, que acaba cayendo en la monotonía por causa de un ritmo algo cansino y una excesiva duración (exigencia del productor). Gaspard Ulliel está correcto en su interpretación, pero quien busque en él un digno sucesor de Anthony Hopkins lo tiene crudo, con perdón.
Hannibal: El Origen del Mal es uno de tantos thrillers que Hollywood vomita cada año: oscuro, tenebroso, y con una truculencia que raya en el gore puro y duro. Recomendamos activamente a todos aquellos que acudan a ver la cinta que lo hagan con el estómago vacío y la digestión hecha, aunque siempre habrá algún espectador al que los peculiares gustos culinarios de Hannibal Lecter le produzcan hambre. En ese caso, bon apetit.
Lo mejor: Los primeros treinta minutos.
Lo peor: La excesiva duración por el capricho del productor.
