El hobbit ha sido como volver a la Tierra Media, está visualmente mucho más conseguida y es más asombrosa, con paisajes neozelandeses más espectaculares y preciosos
Lo primero que hay que plantearse al ver El hobbit: un viaje inesperado es cómo Peter Jackson ha repartido en tres películas el argumento de un solo libro, cuando en la adaptación de El Señor de los anillos de Tolkien hizo otras tres películas, una por cada libro. Pues la respuesta es bien sencilla: rellenando. Si en El Señor de los anillos el material literario estaba mucho más condensado, en El hobbit el contenido es mucho más ligero, se hace más llevadero. Esta primera entrega de la nueva trilogía de Jackson es más de lo mismo: hobbits, enanos, magos, elfos, orcos, trolls, águilas… y unas criaturas nuevas llamadas huargos.
La película está visualmente mucho más conseguida y es más asombrosa, con paisajes neozelandeses más espectaculares y preciosos. Tiene escenas que hinchan la historia innecesariamente, escenas realmente interesantes como el primer encuentro entre Bilbo Bolsón y esa enigmática criatura llamada Gollum y escenas tan divertidas y adrenalínicas como la huida de Gandalf y los suyos de las minas del Rey Trasgo.
Sin duda, El hobbit ha sido como volver a la Tierra Media, pero con una historia más floja, menos emocionante, que en algunos casos roza el infantilismo y en la que sobran fatigosas aclaraciones. Estoy seguro que no defraudará a los seguidores más devotos.
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