Ana Piterbarg, además, es debutante, pero nadie lo diría, porque dirige con una efectividad y una confianza propias de una veterana. Arropada por una fotografía maravillosa, conscientemente gris y descolorida, a tono con la historia, la directora firma una historia que atrapa y seduce, interesando al espectador, haciéndole querer saber el final. éso ocurre también gracias a un Viggo Mortensen todo generosidad, que se presta con esa mirada tan poderosa que tiene al doble papel de Agustín y Pedro, y hace que nos creamos cada una de sus dudas y penas. Soledad Villamil es una de las mejores actrices del mundo, y con éso está todo dicho. Sofía Gala Castiglione es la gran revelación de la película, todo naturalidad y frescura.
Así, los dos fallos de la película son su duración, innecesariamente alargada, y la indefinición del personaje de Agustín. Acaba la película, y el espectador no comprende por qué ha vivido todo lo que vive en el Tigre y no se ha ido corriendo al mínimo problema. Pero quizás éso era lo que buscaba Piterbarg. Quizás la clave de todo está en la mínima personalidad que demuestra el personaje a lo largo de la película. Agustín es un tipo discreto, de eso que pasan por la vida sin dejar huella, que no tiene voluntad ni rumbo en su camino. Quizás la película sea una reflexión sobre éso precisamente, sobre la falta de objetivos en la vida. Sobre no tener un plan, por muy contradictorio que resulte con el título de la película. Porque si no, ¿a qué viene la reflexión de rosa al respecto, a la que Agustín no sabe qué decir? Pues éso
Lo mejor: Todos los actores (especialmente Mortensen, Villamil y Castiglione), la fotografía, la música de Lucio Godoy y Federico Jusid (espléndida) y la realización de Piterbarg.
Lo peor: Es demasiado larga, y las aguas grises por las que navega pueden producir desasosiego en algunos espectadores que no entiendan por qué el protagonista hace lo que hace.
