En “Hugo” hay un niño, el que le da nombre a la novela y a la película, que por fatalidad ó destino, vive recluído en el sistema de muros que conecta los relojes en la estación de París. Es la década del treinta del siglo XX y el chico sobrevive a hurtadillas, aceitando y manteniendo la maquinaria y engranajes de los susodichos. Hasta que intenta robarle algun souvenir mecánico al viejo del puesto de juguetes de la estación: Georges. A partir de allí, comienza una relación que se transforma de tirante a decisiva entre el niño y el anciano, quien esconde un secreto… un secreto que develará Hugo Cabret, reparando un autómata que le legara su padre, con la ayuda de la pequeña criada de Georges: Isabelle.

 

La gran mayoría de los espectadores, críticos y especialistas del 7mo arte han coincidido en que “Hugo” es una de las mejores películas del 2011. Y, seguro que lo es. Pero, probablemente lo sea menos por las razones lineales que todos creen, que por otras, ocultas bajo la sutil capa de la pasión.

“Hugo” luce a todas horas, y a la explícita vista de quienes la hemos apreciado, como un film IMPECABLE. Su imaginería visual, su fotografía (recibió un Oscar) y su apariencia es casi PERFECTA. Su arte, elaboración escenográfica y vestuario, MARAVILLOSOS.

Cuantos calificativos promueve esta película.

Pero, podría también decir que, tanta impecabilidad, siempre provoca sospecha.

En CINE, la perfección visual siempre tiene contrapeso en la deficiencia narrativa. No obstante, “Hugo”, está también muy bien adaptada. Y, sin embargo, hay momentos que parecen demasiados calculados, manipulados. Lo que algunos especialistas y eruditos cinéfilos consideran: “golpes bajos”.

“Hugo” pareciera entonces un producto muy elaborado, muy preciso en su dosificación moralista, pasatista. Algo tan afinado y funcional como un “reloj” que marcha como debe ser, con la hora correcta.

Y… otro sin embargo, “Hugo” es un manifiesto de amor por el cine como hace mucho no se ve.

Porque Scorsese ya hizo sus pelis ambiciosas, sus pelis caraduras, sus pelis con ínfulas de Oscar; es más, se cansó de hacerlas, con irregulares resultados. Ah, no se habían dado cuenta, repasemos: “Taxi Driver”; “Toro Salvaje”; “Cabo de Miedo” (con esta; Scorsese casi suplicó el Oscar); “Buenos Muchachos”; “La edad de la inocencia”; “El aviador” y, bueno, la que finalmente le dio el gusto al realizador italo americano en 2006: “Los Infiltrados”.

¿Cómo se le ocurrió a Scorsese dejar de lado ese cine duro, oscuro y violento de “Pandillas de New York”, “Los Infiltrados” y “La isla siniestra”, que tanto lo caracteriza, por este más amable?

Y, será porque don Martin encontró en este texto Dickeniano, los elementos que lo han usufructuado como artísta desde siempre.

Que Scorsese se haya vuelto funcional en la maquinaria sofisticada y comercial de Hollywood, no lo invalida como amante del cine; como un apasionado de las películas que homenajea en esta cinta. Porque en definitiva no solo utiliza todos los recursos técnicos del cine contemporáneo para contar la maravillosa historia del cine como ciencia y arte. Sino, que también, afirma con su potente maestría que el cine es ARTE antes que CIENCIA, y es la suma de las dos y el desarrollo de las mismas, y que tiene una OMEGA en la curiosidad de los LUMIERE y la genialidad de los MELIES, GRIFFITS y LANG; y su ECLOSIÓN en las mentes lúcidas de todos esos artesanos que legaron a Scorsese (y a Spielberg, y a George Lucas, y a Coppola, y a muchos otros) PASIÓN por el logro más importante de la historia del arte humano: el CINE.
Lo mejor: el contagioso amor por el cine que impregna la cinta
Lo peor: por momentos (pocos) parece estar calculada
publicado por Sergio A. Villanueva el 21 mayo, 2012

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