Película de aventuras muy disfrutable para aquel que no le pida peras al olmo. Da lo que promete y más, y suple sus carencias con varios aciertos que deberían ser reconocidos.

★★★☆☆ Buena

Aviso: A John Carter le van a caer palos por todos los lados.
Y es que no hay nada más fácil que poner a caldo a una película de estas características. Desde luego, si se la quiere criticar, motivos se encuentran a diestro y también a siniestro: la originalidad brilla por su ausencia, mete con calzador la imprescindible trama amorosa, es un pastiche visual de Prince of Persia y Star Wars (porque decir que también lo es desde el punto de vista argumental sería no tener mucha idea de lo que se habla, puesto que es esta historia la que ha inspirado a Lucas, Spielberg y otros tantos… y no al revés), presenta tópicos por doquier, asume cero riesgos, los protagonistas parecen más modelos que actores, y hay una sensación de deja vu constante. Todo éso es verdad.
Sin embargo, creo que todo aquel que se enfrente a John Carter debería plantearse qué le pide a la película. ¿De verdad hay alguien que espere una obra maestra? ¿Una revolución del género de la ciencia-ficción, de la aventura? ¿Hay que esperar conflictos shakespearianos?
Si ese es su caso, lector, directamente no entre a ver John Carter. No lo va a encontrar. Sin embargo, si lo que desea es entretenerse y pasar un rato agradable, no lo dude un momento. Porque éso es lo que pretende la película de Andrew Stanton. Entretener. Epatar con sus efectos visuales. Contar una historia que entretenga durante dos horas. Y éso lo consigue de sobras. 
Stanton, que tiene bien ganado un lugar de honor en la Historia del cine animado gracias a su labor en Pixar, no es todo lo hábil que se podría desear filmando en imagen real, o puede que la necesidad de dejar espacio a la pantalla verde y el ordenador haya devorado su talento. Pero su John Carter, para quien quiera apreciarlo por lo que es, resulta un espectáculo visual apabullante, muy deudor de George Lucas y su Star Wars, que pisa el acelerador desde el primer minuto y no lo suelta hasta el final. Además, sorprendentemente, el guión se toma su tiempo para presentar situaciones y personajes, con más mesura y cabeza de la que cabría esperar (yo esa complicación y lío argumental del que algunos comentaristas de cine hablan no la he visto por ninguna parte), y Stanton acierta de pleno con ese gran comienzo decimonónico que tiene más de western que de otra cosa.  Y el montaje paralelo de una batalla con el flashback que descubre el pasado de Carter es simplemente perfecto.

 Hay fallos, por supuesto. Y el primero es que la película no apasiona, no es mejor que otras que se hayan visto por ahí, y como dije al principio, encontrarle cosas criticables es de lo más sencillo. Quizás lo más grave es la presencia de Lynn Collins, que aunque le pone voluntad a las escenas de acción, es incapaz de mover un músculo de la cara para expresar las emociones de su personaje. Lo mismo puede decirse de Dominic West, siempre sobreactuado y pasado de rosca, o del gran desaprovechamiento de las presencias siempre estupendas de James Purefoy y sobre todo Ciaran Hinds (es de imaginar que el cheque fue sustancioso, pues apenas aparecen unos minutos en pantalla, y lo que hacen tampoco es nada del otro mundo).

Y también es verdad que muchas veces no se explican bien las particularidades de las distintas razas, humanas o alienígenas, que pueblan Marte, pero como antes se expresaba, no es impedimento para seguir la historia.
Pero gracias al cielo, Taylor Kitsch, que no es el mejor actor que ha poblado la Tierra y que seguro consiguió el papel por su cara y cuerpo bonitos, da bastante más de lo que se podría imaginar, con un carisma justo que sostiene la película y una presencia que no molesta. En pocas palabras: Kitsch no hace una grandísima interpretación ni nadie va a darle un Oscar por ello, pero se defiende más que bien, teniendo en cuenta el material del que dispone.
En definitiva, John Carter es un divertimento puro y duro, que no insulta la inteligencia del que mira y pone ante sus ojos un gran festín de aventuras y efectos especiales. No hay nada malo en ello. Es justo lo que pretende.
Lo mejor: Da más de lo que hacían presagiar sus trailers y el penoso tracking del que ha disfrutado en EEUU. Y la presencia sibilina e intrigante de Mark Strong
Lo peor: Al igual que no es una mala película, tampoco se puede decir que sea nada del otro jueves. Entretiene, que no es poco, pero ahí se queda
publicado por Alba Viñallonga Cruzado el 2 marzo, 2012

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