A La invención de Hugo, la última creación de Martin Scorsese, le falta algo para llegar a emocionar. Dicen que le falta alma. Le falta despegar antes, le falta que empaticemos más con los personajes. Y, aunque es una parte importantísima de la cinta, le sobran planos para lucir el 3D en el que está grabada. La película está basada en la novela gráfica de Brian Selznick y ha conseguido cinco premios Oscar, todos ellos a aspectos técnicos, además de haber sido la cinta con más candidaturas de este año. Que algo tiene es evidente.
Pero entre este homenaje al cine y a uno de sus pioneros, Mèlies, y el homenaje al cine en blanco y negro y mudo que era The Artist hay una importante diferencia: una emociona y la otra no. La francesa tiene algo que nos llega al corazón, que nos enternece. El filme de Scorsese reluce, brilla, incluso a veces deslumbra. Pero le falta algo. Nos pasamos más de media película esperando a que arranque, a que llegue la emoción, a que nos toque la fibra. Hay pequeños momentos en que lo consigue, pero no suficientes. Lástima que haya dado con otro gran homenaje al cine que nos ha llegado al corazón.
