Drive

Nada más empezar, la película nos presenta a un protagonista de mirada aviesa, porte chulesco, cazadora molona, guantes de cuero, palillo en la comisura de los labios y una alarmante parquedad de palabras, haciendo rugir el motor de un potente coche justo antes de iniciar una espectacular persecución por el centro de la ciudad de Los Ángeles. Y es justamente en ese momento, cuando uno puede llegar a pensar que estamos ante una posible secuela/precuela/remake del personaje de Mario Cobretti, que aparecen sobre impresionados los títulos de crédito del film con una tipografía que parece sacada de una película de John Hugues protagonizada por Molly Ringwald. Esa extraña mezcla y el desconcierto que provoca en el espectador se irá claramente acentuando a medida que la trama avance, convirtiéndose en la marca de la casa de la cinta.

Y es que reconozco que en un principio la peli me daba más palo que otra cosa porque, sobretodo en su tramo inicial, se trata de una de esas cintas contemplativas, de largos silencios y de ritmo narrativo pausado que provoca que después de que uno de los personajes haya soltado su frase, te de tiempo a levantarte de la butaca, salir del cine, ir a tomar un café, montar un campeonato de pro-evolution en casa de algún amigo, matricularte en veterinaria, acabar la carrera, ir a salvar alguna ballena varada, casarte, tener cinco hijos, montar un equipo de futbol sala con ellos, ganar algún tipo de liga regional, salir de viaje, conquistar un país exótico, erigirte dictador absoluto, vivir de forma ostentosa hasta que venga el ejército de los Estados Unidos a derrocarte, huir justo a tiempo, volver a España, regresar a tu butaca y, todo ello, justamente antes de que el otro personaje le de la réplica. Todo muy fluido, ya saben. Para colmo, tengo la sospecha de que todas las lineas de diálogo del personaje protagonista cabían perfectamente en una servilleta de papel. En la parte sin usar, exactamente.

Éste protagonista es un joven mecánico, que trabaja como especialista de cine, que sueña con convertirse en un piloto de carreras y que, en sus ratos muertos, para sacarse unos ahorrillos, ayuda en algún que otro pequeño hurto ocasional (él es el que espera en el coche con el motor en marcha a punto para darse a la fuga en cuanto sus compañeros aparecen con el botín). En estas estamos que el hombre, que es un solitario de tres pares de narices, empezará a sentir cierta atracción física por su joven vecina. Lamentablemente, justo cuando la suerte parece que le empieza a sonreír, las cosas se van a torcer mogollón con la salida de prisión del marido de la vecina y con un robo que no acaba de salir como se esperaba.

El protagonista está interpretado por Ryan Gosling, que ha pasado de ser un inadaptado social por querer casarse con una muñeca (Lars y una chica de verdad) a ser un inadaptado social al que le gusta conducir quemando rueda. Su vecina está interpretada por Carey Mulligan (An education). Lo que queda claro es que entre ellos dos existe más química que diálogo.

Como ya les advertía al principio, a la película le gusta jugar constantemente entre dos aguas y cuando uno empieza a creer saber por donde irán los tiros, los tiros entran en escena. Es en ese momento que la cinta comedida y preciosista se transforma y saca a relucir su doctor Hyde para salpicar la pantalla de sangre. Y mola. Mola un montón. Porque todo el vacío reinante, aunque efectivo estéticamente, se fusiona con una auténtica oleada de mala leche para acabar formando un espectáculo de lo más entretenido y salvaje, que mejora a medida que la trama va avanzando. Es entonces cuando la peli saca a relucir lo mejor de si misma, tal y como queda plasmado en esa onírica, sangrienta, preciosa y brutal escena del ascensor. Para cuando se llegó al final, mi escepticismo inicial se había convertido en auténtica devoción por una cinta que, o mucho me equivoco, o poco tardará en llevar colgado el cartel de "de culto".

publicado por Jefe Dreyfus el 2 enero, 2012

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