Si la de Sam Peckinpah era algo así como una obra maestra, la de Rod Lurie es un digno remake más fiel al libro de Gordon Williams que al filme original. Ahora, si tengo que elegir una de las dos, personalmente me quedo con la de Sam Peckinpah por su perturbadora, inquietante, angustiosa atmósfera y porque provocó en mí diversas sensaciones. Hay remakes que no están a la altura de la original y otros que en raras ocasiones la superan, en este caso se trata de una película con pequeños cambios del guión, como el lugar donde se desarrolla la historia (en el sur de Estados Unidos en vez de Inglaterra) o la profesión del protagonista (guionista de cine histórico en lugar de astrofísico), que no entorpecen para nada una narración que mantiene el interés durante toda la película.
Peckinpah retrató de manera inmejorable esa virulenta sociedad del mundo rural, la soberbia e incluso la lujuria, pecados capitales que están presentes tanto en ésta moderna versión como en la de 1971, junto al incumplimiento del quinto mandamiento (no matarás). Una nueva versión tan violenta como la clásica, en cuya historia todo está mucho más explícito, más mascado. Otra cosa que echo de menos es la espléndida y extrovertida música de Jerry Fielding.
Un remake bastante conseguido y más que decente, de buenas interpretaciones; aunque a James Marsden no se le pueda comparar con Dustin Hoffman, un actor que da el pego con el personaje.
