Siguiendo el guion que marcó en su novela Orgullo y prejuicio Jane Austen, y con varias adaptaciones al cine, teatro y televisión previas (como la recordada serie de la BBC de 1995), Joe Wright elaboró en 2005 su propia versión del clásico con una brillante Keira Knightley a la cabeza (interpretación que la valió una candidatura a los Oscar). Mantiene el pulso narrativo y el interés a lo largo de las dos horas largas de un filme que engancha gracias a la historia (mérito de Austen), a personajes bien adaptados a la gran pantalla de la mano de actores más que solventes y una puesta en escena impecable: desde el vestuario hasta la banda sonora pasando por la ambientación de época. Todo nos transporta a esa Inglaterra en la que sentimientos e intereses se funden y confunden, en la que, como ocurre hoy y como ocurrirá siempre, el orgullo y los prejuicios no nos dejan ver lo que tenemos delante de los ojos.
Una película que merece la pena ver y volver a ver por sus grandes escenas, su gran dirección artística y, por qué no decirlo, porque a todas nos gustaría encontrar un señor Darcy… Ya lo decía Bridget Jones.
