Cine de denuncia bien filmado y mejor interpretado, a cargo de uno de los grandes maestros del drama en nuestro país.

★★★★☆ Muy Buena

Una de las críticas que se le suele hacer al cine acerca de la Guerra Civil o de la posguerra es su maniqueísmo. No hay medias tintas. Todo es blanco o es negro. Los republicanos son gente buena, humilde y luchadora, mientras que los franquistas son malvados y crueles.
Es cierto. No voy a ser yo quien lo niegue.
No estaría de más alguna que otra película que, por una vez, presentara republicanos llenos de defectos y franquistas con virtudes, o personas que, simplemente, hacen su trabajo, aunque éste sea el de carcelero o torturador…
Ahora bien. Reconocer ésto, que es la verdad, no debería ser impedimento para reconocer algo mucho, muchísimo más importante: La represión de posguerra se llevó por delante a muchas, demasiadas personas cuyo único delito había sido conocer a un militante de izquierdas o tener una serie de ideas. Ésa es la triste historia de nuestro país, y quien no lo reconozca se engaña a sí mismo…. viendo esta película y viendo la televisión, cuando es tan fácil denunciar en Siria, Libia o Cuba lo que hemos negado dentro de nuestras fronteras durante tantos y tantos años….
Así, partiendo de esta triste premisa, Benito Zambrano regresa al gran cine después de la sobrevaloradísima Habana Blues, y lo hace demostrando que es un maestro como pocos. Zambrano es un habilísimo narrador, y maneja luces, sombras y colores con una pericia envidiable. La fotografía, el vestuario y la dirección de arte recuerdan mucho a las de otras películas similares, como Las 13 Rosas, pero no por ello resultan menos destacables.
Pero es en la dirección de actores donde reside la clave de la película. Las presencias de Marc Clotet y Daniel Holguín son fascinantes y emotivas. Ana Wagener y Lola Casamayor se convierten en auténticas robaescenas. Ángela Cremonte confirma las buenísimas sensaciones que ha dejado en Hispania. Miryam Gallego, con sólo tres secuencias, se hace inmortal en un personaje sin peso pero maravillosamente escrito. Y por supuesto, Inma Cuesta y María León, María León e Inma Cuesta. Las dos en el mismo estado de gracia, y las dos distintas…. Cuesta emociona a cada paso, con esa rabia, esa contención, esa dignidad que imprime a Hortensia. Viniendo de un personaje tan distinto como el que interpreta en Águila Roja, es un lujazo verla llevando sobre sus espaldas el peso de la película, y dando una auténtica lección de sacrificio y alma.
Pero si Cuesta está increíble, lo de León es ya extraterrestre. Su naturalidad, su dulzura, su sentido del humor y su expresión a través de esos ojos son tan grandes que consigue que te hundas en el corazón enorme de Pepita desde el primer minuto y hasta el final. Éstos son los papeles que marcan una carrera, y el momento de María León ha llegado. Si no se lleva el Goya, habrá una gran injusticia…

En definitiva, una película difícil de ver, muchas veces dura de contemplar, con la que deseas volver la cabeza y no seguir mirando…. pero una película necesaria. Muy necesaria.
Porque no se trata de remover nada ni de buscar venganza. Se trata de no olvidar. Nunca.

Lo mejor: María León e Inma Cuesta, al frente de un reparto simplemente soberbio
Lo peor: No es mejor que otras películas de temática similar, y tiene dos escenas algo excesivas (especialmente la de la monja y el niño Jesús)
publicado por Alba Viñallonga Cruzado el 24 octubre, 2011

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