Mateo Gil nos adentra en ese desierto rudo y polvoriento (el cual no tiene nada que envidiar con el que escenificaron directores como John Ford, Sergio Leone o Sam Peckinpah) para narrarnos una historia desde el interior. Una historia sobre caballos exhaustos, gringos solitarios, tiroteos en el desierto, traidores ingenieros y bolivianos que buscan lo que es suyo. El rostro impasible y lleno de arrugas de un excelente Sam Shepard nos muestra una leyenda envejecida, que intenta recuperar su vida cuando un joven arribista español, Eduardo Noriega, se cruza en su camino. Mención aparte la intervención de un espléndido Stephen Rea y la música compuesta por Lucio Godoy, que ambienta con aire de incertidumbre ésta película de lirismo incrustado y de nostalgia enraizada que deja un regusto a clásico.
Lo mejor: Las comparaciones con el cine americano.
Lo peor: Que se la pierda.
