Después del sonado éxito de las dos primeras entregas de Conan (el bárbaro y el destructor), protagonizadas por el por entonces prácticamente desconocido Arnold Schwarzenegger, hubo una auténtica fiebre por realizar películas de espada y brujería, dando como resultado títulos tan dispares en resultados como El último guerrero, El guerrero y la hechicera, El guerrero rojo, Gor, Ator, Los bárbaros (si, si, la de los gemelos), El señor de las bestias o La reina bárbara, entre muchos, muchos otros. Como suele suceder en estos casos, el género acabó muriendo de puro desgaste quedando relegado, en sus años posteriores, a un cierto éxito a nivel exclusivamente televisivo con las series de Hércules y Xena, la princesa guerrera, producidas ambas por Sam Raimi. Llegados a éste 2011 parece ser que alguien ha vuelto a apostar fuerte por los bárbaros, con este reboot de la saga Conan, que nos llega de la mano del director Marcus Nispel, quien ya intentara reflotar el género hace unos años con El guía del desfiladero. Diríamos que en esta ocasión le han salido bastante mejor las cosas.

Nada más empezar la película una voz en off ya nos suelta un rollazo sobre una rara máscara con unos poderes super místicos y totales, que quien la posea se convertirá automáticamente en el rey del mambo y todas esas patrañas tan típicas y conocidas. Total que un grupo de sabios decidió que lo mejor para ahorrarse problemas era cargarse la máscara, en varios cachos, y dividir las partes de la misma entre diferentes tribus para que fueran custodiadas y no cayeran en malas manos. Lo que sucede es que siempre tiene que haber el malo de turno empeñado en reunir todas las partes para convertirse en el amo del mundo y tal y cual. Para que nos entendamos, se podría decir que el punto de partida de este nueva Conan es como el de la serie de animación bola de dragón, pero en lugar de kame-hames hay espadas del tamaño de vigas de hierro.

Una de estas tribus que custodian un trozo de la máscara es la de Conan, un niño con unos más que evidentes problemas de hiper actividad (que se va a hacer una carrera por el bosque con unos amigos y vuelve con las cabezas cercenadas de cuatro malechores). Cosas de críos… Pero los malos acechan constantemente a la tribu, unos malos de dientes afilados, sorprendentes sonidos guturales y torsos desnudos, a pesar de hacer un frío del copón y estar todo el terreno cubierto por una gruesa capa de nieve. Cosas de bárbaros… Al final la tribu es atacada, el trozo de la máscara poderosa de cagarse es robado y el joven Conan se verá obligado a vagar sin rumbo por estos mundos de Dios hasta convertirse en un tipo con más músculos que neuronas, buscando la manera de vengar, por todos los medios posibles, a los suyos y así poder cerrar el círculo, a la vez que deberá enfrentarse a numerosos peligros y aventuras.

El primer gran problema al que se debía enfrentar esta nueva aproximación al personaje de Conan, era el de sustituir a Swarzenegger como protagonista. Al final el elegido fue Jason Momoa (visto en la serie Juego de tronos), que interpreta a un Conan más ágil y dinámico, menos tocho, aunque con las mismas ganas de destruir y saquear que su antecesor. A pesar de no resultar un fiasco, lo cierto es que a éste nuevo Conan le falta carisma a patadas (y la cosa se acentúa gravemente si se compara con su antecesor), aunque no se yo si el problema termina siendo cosa del actor elegido, porque el resto de los personajes principales de la película también flaquean lo suyo. El malo tampoco termina por estar a la altura de lo deseado y la chica de la cinta, resulta bastante sosainas en su global. El único personaje con un poco de chicha termina resultando ser la malvada bruja, hija del malo oficial, a pesar de que la cosa tampoco sea como para tirar cohetes.

¿Cómo se intenta suplir esta falta de carisma por parte de los personajes principales en la película? Pues con grandes dosis de acción, interminables batallas cargadas de presunta épica, sangre a raudales, numerosos miembros mutilados y algún que otro breve escarceo amoroso. Difícilmente se le podría pedir algo más a la cinta. ¿Guión? ¡na! La película es lo que es y con eso parece bastar. Es burra como ella sola y no se ahorra ninguno de los momentos más truculentos más, al contrario, acerca todavía un poco más la cámara si cabe para que el espectador lo contemple como es debido. La cinta consigue no aburrir a base de certeros golpes de espada y resulta suficientemente entretenida hasta que se llega a un fallido final donde uno, como espectador, se espera algo apoteósico para comprobar que la cosa termina quedándose muy a medio gas.

publicado por Jefe Dreyfus el 4 octubre, 2011

Enviar comentario

Desde 2005 muchocine es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.