J.J.Abrams, se baja momentáneamente del Enterprise y desciende de las estrellas hasta el planeta tierra para perderse en un pequeño pueblo rural de la América más profunda para contarnos una historia fantástica protagonizada por unos pre-adolescentes, que se moverán por el escenario elegido en bicicletas, y que se verán involuntariamente inmersos en una aventura en la que deberán demostrar su valía haciéndole frente a un misterioso monstruo y a todo un grupo de militares armados hasta los dientes. A la vez, Abrams, regresa del futuro que nos mostró en su Star Trek para visitar nuestro pasado más inmediato, trasladándose hacia la década de los años ‘80 que, curiosamente, sigue estando muy de moda en este presente que vivimos, especialmente en lo que a cine se refiere. Y es que muchos han sido los que recientemente han echado la vista hacia atrás para regresar a los ‘80, pero pocos han sido los que han logrado convencer con sus trabajos. Hasta que ha llegado Abrams. ¿Cual es, entonces, la fórmula utilizada por el director para lograr que las cosas salgan bien? Simple. Hacer las cosas bien.

La cosa va de que un grupo de jóvenes amigos deciden rodar su propio cortometraje, en una cámara de Super 8, con un argumento plagado de zombis de ojos saltones, salidos de tóxicas centrales nucleares, siendo el caso seguido muy de cerca por un torpe detective de larga gabardina. Lo típico, vamos. Su proyecto ganará bastantes enteros cuando una de las chicas más populares del instituto se preste para colaborar en la cinta interpretando uno de los personajes protagonistas. Las cosas terminarán precipitándose cuando, en medio del rodaje de una toma nocturna, los chicos serán testigos de un más que espectacular accidente ferroviario (de hecho la escena está más cercana a una posible tercera guerra mundial que a un accidente de tren pero, que diablos, todo sea por el espectáculo).

Los chicos lograran salir airosos del incidente antes de que la cosa se llene de los habituales militares de este tipo de films y acordonen la zona. A partir de este momento empezarán a suceder cosas extrañas en el pueblo. Los militares no darán ningún tipo de explicación de lo sucedido a las autoridades locales (uno de los jefes de la policía resultará ser el padre de uno de los chicos protagonistas), ni siquiera de que tipo de carga transportaba el tren siniestrado. Pero en el pueblo empezarán a desaparecer objetos, se desatarán todo tipo de rumores ante los acontecimientos que se irán sucediendo y la sensación de peligro irá claramente en aumento a medida que empiecen a desaparecer, sin dejar rastro, algunos lugareños, víctimas de algún tipo de criatura que merodea los alrededores del pueblo.

Super 8 es una película que bebe de un tipo de cine que, actualmente, ya apenas se practica e intenta reproducirlo con una exactitud de espíritu que provoca que se pierda cierto grado de personalidad de su director (Abrams) en favor de la de su productor (Spielberg). Personalmente hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto en una sala de cine de un blogbuster veraniego de estas características, viendo como una cinta de aventuras protagonizada por adolescentes con toques de suspense y ciencia ficción no solo conseguía entretener sino que, además, logra enganchar al espectador (a quien en ningún momento trata como a críos, error típico donde los haya de este tipo de productos), con unos jóvenes protagonistas que terminan resultando ser de lo más convincentes (mención de honor para la cara femenina del grupo, Elle Fanning, la hermanísima de Dakota, que hace que uno se pregunte con que debían alimentar a sus hijas los padres). Y por si todavía no tienen suficientes puntos positivos a favor de la película aquí tienen uno más: no se trata de ninguna trilogía. ¡Albricias!

El arranque de Super 8 es demoledor, metiendo al espectador en situación, con el ritmo justo para atrapar y dejar que la historia vaya avanzando y fluyendo hasta el desencadenante de acontecimientos que resulta ser el accidente del tren. A partir de entonces los hechos se aceleran, a pesar de lo cual la cinta no pierde en ningún momento su buen ritmo, introduciendo escenas de suspense que realmente parecen haber sido pensadas y filmadas en una época muy anterior a la actual, a la vez que se van sucediendo continuos homenajes al cine de Spilberg y de toda una generación. Para un servidor la peli termina bajando algunos puntos hacia su recta final, donde la criatura termina resultando ser visiblemente más digital de lo que hubiera deseado y el ritmo se termina resintiendo debido, en parte, a una cierta precipitación para concluir la historia. Pero lo cierto es que con Super 8 recuperé sensaciones que hacía mucho tiempo que no vivía en una sala de cine (de hecho solo me faltó tener veinte años menos y a cierta compañera de clase en la butaca de al lado a quien poder pasar el brazo por encima de la espalda en los momentos de más tensión del film).

publicado por Jefe Dreyfus el 4 octubre, 2011

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