El argumento es de los difíciles: un tarado se pone a matar policías, y para detenerlo se unen el tío duro de la comisaría (efectivamente, Statham) y el nuevo jefe, gay para más señas (la homosexualidad de este personaje es de las cosas más gratuitas, más superfluas y más estúpidas que he visto en mucho tiempo en una pantalla de cine). Pero resulta que el asesino, todo lo que tiene de loco, lo tiene de astuto, porque no deja rastro ni huella con la que poder llevarle a juicio. Así que el bueno de Jason pensará que, qué cojones, esto lo arreglo yo a mi manera, a la manera de los hombres de verdad. Sinceramente, nada que objetar a todo esto. Me lo he pasado como un enano viendo propuestas narrativas similares.
El problema es que la peli es más tonta que el que se muere por el gusto. El guionista no deja de meter personajes irrelevantes y de obstaculizar el relato con secuencias absurdas y con episodios que no aportan absolutamente nada (si se puede quitar sin alterar el resultado, es que sobra – lección número uno de clase de guión). Por supuesto, el intento de contrastar los métodos de los dos policías (el trabajo de oficina frente a la investigación en la calle) es un mero pretexto insustancial para exhibir, mediante un montaje alterno muy previsible, lo jodida que es la vida en los bajos fondos. Venga coño, que es una peli de acción.
La intriga y el proceso detectivesco ni nos va ni nos viene. Y, por supuesto, todo el tinglado entre una policía con tendencia a la droga, un vecino suyo que anda en problemas de bandas y otro madero bobo es una parida en toda regla que dilata innecesariamente una hora y media que se hace larga. Pero lo peor no es toda esta farfolla. Lo peor es que hay poco más que esta farfolla. No hay ni un solo tiroteo, ni una pelea como es debido. Y solo una persecución, que más bien parece una maratón por las calles de Londres. Tanto rollo presentándonos a Statham como un peligro público para que no reparta ni una hostia hasta la última secuencia de la película.
Por supuesto, la propuesta estética tiene un único objetivo: el aturdimiento del espectador. Mucho plano rápido, montaje picadito y bien brusco, como si esto fuera un trailer, y una música a todo trapo, con un soundtrack en el que no encontramos nada de Vivaldi. Pero por mucho que suban el volumen, los responsables de Blitz no dan lo que tienen que dar. Lo siento Jason, otra muesca para tu revólver, pero sigues sin ser John McClane…
