Hannah es una cobaya, una de esas víctimas del sistema de las que el cine de acción se encariña y a las que confía franquicias nuevas. Posee momentos impecables y otros imperdonables. Gasta maneras de blockbuster veraniego y no hace ascos por engolosinar a cierta platea exigente, caída en el vicio de acudir a un tipo de cine eminentemente evasivo, de discurso comercial y aliento palomitero, pero que se premia en certámenes y suscita (en ocasiones) el aplauso de la crítica del ramo. Pero Hanna no acaba de cuajar en ninguna de esas promesas que pronuncia nada más abrirse el telón. Ni es cine de acción, convencido de serlo, ocupado únicamente en bordar los tópicos y en no malearse con los usos del cine serio, autoral, más de arte y de ensayo ( que es a lo que tiende el imperio de la Marvel en muchas de sus últimas entregas) ni tampoco se inclina a filmar una historia fascinante de inocencia y de descubrimiento, que podría prescindir de todo el aparato logístico de las armas y de las tundas de palos y recrearse sólo en el dibujo de unos personajes bien dibujados (a decir verdad tres personajes: no hay más, muy bien interpretados además) y atender en exclusiva a la sección melodramática, en la plasmación en imágenes de la entrada en el mundo de un ser absolutamente delicioso, virginal y telúrico, un verdadero hallazgo narrativo que se enfanga a medida que la osadía de la trama se ve atropellada por la falta de imaginación de quien la gobierna.
Lo mejor: El primer cuarto de hora, magistral, de película.
Lo peor: La poca credibilidad del asunto, el descreimiento de lo que se está contando, la casi total falta de ambición literaria de un film que podía haber sido grande, pero que se despeña por no saber inclinarlo a una única y fiable textura, y no cuatro, mal hilvanadas.
