Sensible y talentosa, la película de Armendáriz rebosa calidad por los cuatro costados

★★★★☆ Muy Buena

No tengas miedo

Qué gusto da encontrarse con una película rodada con sensibilidad, con inteligencia, con talento y con un profundo dominio del lenguaje audiovisual. Y qué gusto da que sea una película española la que reúna estas condiciones, para poder decir de vez en cuando que el cine patrio no es tan malo como muchos lo quieren pintar. El placer ha sido gracias a la última producción de Montxo Armendáriz, No tengas miedo.
Para empezar, destaquemos la opción narrativa y estética escogida por el director. El punto de vista de la protagonista, Silvia, será el que tengan los espectadores. Lo que va Silvia, lo que oiga Silvia, lo que experimente Silvia, será lo que podamos ver, oír y experimentar los espectadores. Esa huida del narrador omnisciente es un recurso poco usual en el cine que puebla nuestras salas (sólo alguien como Jaime Rosales lo adopta con frecuencia). Y la capacidad de Armendáriz para llevar esa elección expresiva a buen puerto es admirable.
Lo consigue, entre otras cosas, gracias a la concepción del plano como unidad de expresión indivisible. Me explico: el bueno de Montxo opta la mayor parte del metraje por el plano fijo sin corte o por el plano-secuencia, cortando en contadas ocasiones una secuencia (un par de planos/contraplanos y poco más). A mí, que soy un enamorado de esas virguerías, me parece que en esta obra se ha utilizado con una calidad y con un sentido (la fragmentación viene de los episodios vitales, no de los cortes formales) de mucha altura.
Por no hablar de otro de mis recursos predilectos: el fuera de campo. Me encanta la elegancia, la pausa, el pudor expresivo que transmiten la imagen y el sonido en fuera de campo (siempre y cuando éste sea bien resuelto). Amparándose en la decisión del punto de vista, Armendáriz recurre una y otra vez a ese espacio en off (y tratándose de un tema tan duro como el abuso de menores, el recurso del fuera del campo no es sólo estético, sino ético).
Un guión bien construido (fundamentado en la evolución del personaje central) se apoya con soltura en las interpretaciones, correctas en casi todos los casos y superlativa en el de Michelle Jenner, que se deshace de su imagen de estrella televisiva para brindar un papel durísimo, muy difícil, basado más en los silencios y en las miradas que en la expresividad, y que, lo digo ya, se merece un Goya. Lluís Homar y Belén Rueda cumplen con sus roles aceptablemente (el punto negro es Rubén Ochandiano, que es malo como él solo…).
Una película dura, pero necesaria, que aborda una temática áspera y difícil de digerir, pero que no recurre al sensacionalismo ni a lo grotesco para transmitir la desolación, el desamparo, la soledad y la destrucción interior que sienten las víctimas de abusos infantiles. Y que lo hace a partir de un uso de los recursos expresivos del audiovisual encomiable.
publicado por Jose María Galindo Pérez el 15 abril, 2011

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