El amor y otras cosas imposibles (love and other impossible pursuits)

Cuando alguien se propone hacer un película dramática, siempre ha de calibrar cuán dramática quiere que sea. Qué grado de tragedia va a poseer la obra en cuestión. Pues bien, Don Ross, en esta El amor y otras cosas imposibles, se ha pasado de frenada. Y no me vale la justificación de que se basa en un libro. Si en el libro ya se veía que la cosa era excesiva, se puede corregir el asunto en la adaptación. Pero vayamos por partes.

La película nos cuenta la historia de Emilia (curioso nombre para una abogada neoyorquina), quien se lía con un compañero de trabajo casado, se acaba casando con él, tiene una hija que se muere a los tres días de nacer y encima le toca lidiar con una ex desequilibrada y con un niño de ocho años que domina la ironía y se aprende lo que lee de memoria (curiosa manía ésta de hacer que los niños de las pelis de Hollywood sean prodigios intelectuales siempre…). Todo esto que acabo de contar se narra en los primeros minutos de la peli, y a aprtir de ahí empieza el festival de sufrimientos.

Porque esta producción cae en el vicio de casi todas las películas de allende los mares que he visto últimamente: tratar de abarcar mucho, tocar tantos palos que o no acierta con ninguno o satura hasta límites insospechados. Aquí, el director podía haber optado por centrarse en cómo la protagonista trata de superar la traumática experiencia de perder a una hija recién nacida. O podría haber elegido enfocar el interés en cómo se desarrolla y evoluciona la relación entre Emilia y el hijo de su marido, pudiendo alternar en este caso el consabido melodrama con unas gotas de humor muy de agradecer. Pero no, hay que conseguir que la protagonista tenga problemas en todos los frentes de su vida, a cada cual más exagerado y más desestabilizador: problemas con su marido, con la ex-mujer de su marido, con el hijo de su marido, con su padre, con su madre, con ella misma…No desvelaré ninguna de las situaciones, pero basta decir con que llega un momento que el paciente espectador piensa "joder, pobre chavala, con lo mona que es y no hacen más que putearla…".

El único atractivo de toda la película es la actriz que encarna a Emilia. Natalie Portman vuelve a lucirse, siendo simpática cuando tiene que serlo, distante cuando las circunstancias lo requieren, histérica cuando el tinglado se torna en tragedia griega, encantadora y guapa siempre. Si no fuera por ella, esta película carecería de cualquier cosa reseñable o positiva. La puesta en escena es anodina y gris, las propuestas fotográficas y de montaje son convencionales (excepción hecha de un uso puntual y acertado de la multipantalla), el guión es agónicamente barroco y las actuaciones del resto de intérpretes oscilan entre lo banal y lo irritante (mención especial merece Lisa Kudrow como la ex-mujer, en un papel absolutamente alejado de su Phoebe en Friends; esperemos que no vuelva a alejarse mucho de ese registro…).

Natalie Portman últimamente está hasta en la sopa, y es lógico que alguna vez patine en su elección. Después de ganar un Oscar por su lección en Cisne negro, se ha ganado el derecho a hacer alguna tontería. En cualquier caso, puede considerarse a la buena de Natalie como lo único que se salva de la quema en El amor y otras cosas imposibles. Para todo lo demás, consulten la programación televisiva de los fines de semana y a eso de las cuatro de la tarde encontrarán propuestas bastante similares a esta…

publicado por Jose María Galindo Pérez el 13 abril, 2011

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