Una vivencia de estas características demanda, ante todo, un respeto acorde con el padecimiento experimentado por la persona en cuestión, no obstante, todo ello no es óbice para valorar su fiel adaptación al formato cinematográfico, de la cual no sale demasiado bien parada a mi humilde entender. La historia en sí adolece de la sustancia necesaria para rellenar los huecos de una trama de 90 minutos, a lo que se adhiere la incapacidad de su director, el controvertido Danny Boyle, para construir el clima opresivo y asfixiante requerido por la cinta. En este punto, son inevitables las comparaciones con el film del español Rodrigo Cortés, Buried (Enterrado), en el que la creación de una atmósfera claustrofóbica y el desarrollo de una acción trepidante y adrenalítica se erigían como las piezas fundamentales de una muestra del cine de género más puro; y todo ello con un hombre atrapado en un ataúd.
En esta 127 horas, Boyle se apoya de forma redundante en los fuera de campo que ilustran las añoranzas de su improbable héroe, los deseos desatados por su febril imaginación, las construcciones ilógicas de su pensamiento o recuerdos entremezclados con la desesperación del momento. La mayor parte de ellos son innecesarios y lastran el ritmo de la película hasta conformar una sucesión de cuadros absurdos vertebrados por la omnipresente y doliente figura de Ralston, que muestran una evidente falta de imaginación en la dirección y de alicientes en la construcción del guión.
Por otro lado, al hablar de 127 horas no podemos obviar la presencia de James Franco como vértice absoluto del film al interpretar con cierta veracidad y desgarro la terrible experiencia vivida por Ralston. De hecho, pocos habrían confiado esta difícil tarea a un actor con una carrera cinematográfica ciertamente irregular en la que ha disfrutado de escasos papeles como protagonista, si exceptuamos aquellas películas que él mismo ha dirigido (ambas inéditas en España). En este sentido, Franco sorprende gratamente hasta a los más suspicaces e incluso se permite la licencia de ser nominado en la mayor parte de los premios anuales de la industria, algo sin duda impensable hace tan sólo unos años a tenor de su impostada pretensión de ser un bohemio con cierto parecido a James Dean.
La nueva película de Danny Boyle, uno de esos directores que nunca habríamos imaginado en una ceremonia de la Academia de Hollywood (máxime cuando has hecho películas como Trainspotting o La Playa) pero que parece haberse acostumbrado tras su salto a la fama con Slumdog Millionaire, nos sumerge en una trama cansina, aborrecible y sin demasiada intensidad con algunos chispazos de estilo deudor del docudrama más excitante, sobre todo en un tramo final especialmente inspirado en su realización. No obstante, la sensación suscitada, al menos a este falible crítico, es que a 127 horas le falta pasión, talento y energía, algo que te enganche en una trama de una hora y media que consiste en ver a un hombre atrapado en una roca debatirse por su vida. No es una tarea fácil, pero Rodrigo Cortés lo consiguió.
Al menos nos queda esa escalofriante historia protagonizada por un hombre con un espíritu envidiable y, por encima de todo, con unas enormes ganas de vivir. Ralston finalmente venció. Y así, con la sonrisa de quien se sabe ha burlado a la muerte, aparece en los instantes finales de la película en un sencillo homenaje brindado por Boyle. Todo un ejemplo vital de coraje y valentía digno de nuestra admiración.
Lo mejor: La historia de coraje y supervivencia de Aron Ralston, alpinista en el que se basa la película
Lo peor: Que Danny Boyle sea incapaz de enganchar al espectador a lo largo de toda la trama, en la que se recurre de forma reiterativa e innecesaria a los fuera de campo. Que no resista las comparaciones con Buried (Enterrado) de Rodrigo Cortés.
