Una película original, inclasificable, personal, espiritual, metafísica, con el karma y la reencarnación como principal reclamo, que a uno no le queda otra que aguantar hasta el final viendo algunos bellos planos

★★☆☆☆ Mediocre

Uncle boonmee recuerda sus vidas pasadas (lung boonmee raluek chat)

Hay películas que, más bien por parte del público que por la crítica, o son catalogadas como obras maestras o simplemente como bodrios. En este contexto se engloba perfectamente a la ganadora del Festival de Cannes del año pasado: Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010), de Apichatpong Weerasethakul. La gran mayoría de las películas de este director tailandés (de nombre y apellido difíciles de pronunciar) forman parte de un cine más experimental y fantástico, por eso quizás llamó tanto la atención al Presidente del Jurado del Festival, que no era otro que Tim Burton, y a algún otro miembro del Jurado como Víctor Erice, un director español de corta filmografía pero muy respetado y cuyas películas también rebosan fantasía y mucha contemplación, como en este caso nos concierne. Porque señores, está claro que cuando uno se propone a ver esta película sabe o tiene que saber a lo que se va a enfrentar: un cine no fácil de digerir y completamente alejado del cine convencional, en el que tiene mucha importancia el papel del espectador, no solo porque debe concentrar todas sus fuerzas y toda su energía para enfocar su mente y poder entender lo que está viendo, sino también por el aguante de toda su paciencia.

Se suele decir que lo fundamental en el cine no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Esta afirmación se refiere más bien a argumentos que han sido vistos en gran cantidad de películas pero que gracias al punto de vista del director la historia puede variar o coger otros matices y conseguir así una historia relativamente diferente. Dicho esto, lo que ha creado Weerasethakul en esta película es especial desde lo que cuenta hasta la forma en que lo hace. O sea, lo tiene todo. Lo que el espectador presencia pocas veces lo habrá visto anteriormente y la manera en que está contado es tan personal que uno no sabe de qué forma conectar con la película. Además, a uno tiene que interesarle verdaderamente la historia para acabar despierto cuando se llega al dichoso final. Mismamente, yo he de confesar que la vi en varias partes porque me daba más bien sueño. Y eso que en los primeros veinte minutos, la historia sigue un curso normal y factible, hasta cierto punto, en el que conocemos al tío Boonmee que sufre una insuficiencia renal y vuelve al campo bastante enfermo para estar con los suyos. A partir de aquí, la película sigue con una de las escenas más cómicas que haya visto nunca en el cine (sin que seguramente fuera esa la intención), y entran en acción elementos fantásticos como fantasmas del pasado, espíritus errantes, o una princesa preocupada por la belleza que habla con un pez en un lago, incorporándose también lo que es la base de esta historia: el karma y la reencarnación.

Pero a pesar del poco interés que uno pueda encontrar en la película, Weerasethakul deja constancia de que sabe y entiende de cine en cada escena y cada plano, que le gusta la belleza de la naturaleza y que la fotografía es crucial para la película. Aunque mientras va avanzando la trama, se entra en la dinámica de querer ir relatando una historia cada vez más surrealista y más soporífera. De esta forma, para aguantar firmemente todo el metraje, es totalmente rotundo que al espectador tiene que gustarle las historias espirituales y metafísicas, contadas con parsimonia, en las que hasta los personajes hablan y conversan con lentitud. Unas historias en las que Weerasethakul ha introducido algún hecho autobiográfico, ya que su padre falleció de insuficiencia renal; aunque lo más curioso es que se basó en una historia real de un hombre que le explicó a un abad que mientras meditaba pudo ver sus vidas anteriores pasar por sus ojos cerrados.

Y este es el cine que ahora se comenta que será el cine del futuro, para algunos lleno de arte y de sabiduría ya que compagina elementos del pasado y del presente, y que juega con ampliar las posibilidades que facilita el séptimo arte. Pero lo que sí es cierto es que yo tengo muy claro que me costará ver otra película de este director tan original desde su nombre y apellido.
Lo mejor: la fotografía
Lo peor: la historia que se cuenta y cómo se cuenta
publicado por elprimerhombre el 31 enero, 2011

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