Flema británica, pulcra y atildada flema británica, discurso limpio y ameno, plano en el fondo, pero agradable, como únicamente los ingleses saben hacer. Cine con aspiraciones comerciales, cine que entra con facilidad, que se va con idéntica presteza

★★★☆☆ Buena

Admira uno la maestría británica a la hora de retratar su esencia. No conozco otro país que la exhiba de una manera más impecable. Son estos ingleses gente de artesanas maneras que pulen la fonética y oscilan entre el engolamiento teatral y el uso masivo de los adverbios en la pompa sintáctica que tanto aman. Yo mismo adoro el inglés y hasta me vale para pagar letras y vicios, pero acepto la existencia de un reverso tenebroso y es entonces cuando rescato de mi expediente emocional el amor por ese idioma y la necesidad (a veces intolerable) de meterme entre pecho y espalda dramas de Jane Austen y películas de James Ivory, ensayos de Chesterton y hasta películas del lumpenproletariado filmadas en los cuarenta y aireadas por la inefable Ealing. Partiendo de esta declaración de principios (dispersa y más voluntariosa que eficaz) supondrán el placer con el que voy al cine a ver películas como El discurso del rey. Luego sale uno decepcionado, aunque haya estado absorto, paladeando las palabras, discurriendo sobre lo contado, intentando descubrir la esencia ésa de la que antes hablaba. En El discurso del rey hay toneladas de convención y hay lagunas escandalosas. A veces vemos destellos de gran cine, aunque fijado casi exclusivamente en la demoledora exhibición del talento dramático de dos actores en estado de gracia, y en otras creemos estar asistiendo a un telefilm de altura, pero televisivo al cabo, aunque lo televisivo (en este arranque de siglo) esté ganando terreno, perdiendo su mala prensa y ganándose el corazón (el mío ya lo tienen merced a una decena de series antológicas) del otrora cinéfilo de butaca y fila siete.
La cinta de Tom Hopper (Elizabeth I y Damned United, que no he visto) carga su principal baza en lo teatral, en la más que digna batalla dialéctica entre dos personajes enfrentados por cuna y por atrezzo. El aspirante a rey, el príncipe fonéticamente tarado, está magistralmente representado por un Colin Firth que se afianza en papeles hondos (Tom Ford, Un hombre soltero) y el terapeuta amateur, el actor de segunda con un corazón muy grande, recae en un Geoffrey Rush ya habitualmente antológico, uno de esos actores que no ganan adeptos por papeles rutilantes, taquilleros al máximo, pero que labran una filmografía ejemplar.
La trama es previsible y la intriga es casi nula, pero la obra de Hopper engancha por sus maneras, por ser honesta hasta el desmayo óptico y no prometer nada que luego no entregue fielmente. Entrega limpieza: el film no se enreda en argumentos accesorios, no pierde el tiempo en lo que no es preciso para avanzar en la mínima trama que lo sustenta. Plana, austera, escasamente interesada en grandilocuencias narrativas, El discurso del rey no tiene apenas aristas, no posee nada que la aparte del logro al que aspira. Los hermanos Weinstein saben muy bien qué terreno pisan y cómo facturar una película perfecta. Ésta, sin serlo, lo es de un modo absoluto. Narra una amistad y lo hace apoyándose en una fricción, en la que se establece entre dos mundos en colisión: el de la realeza, que retrata de un modo muy realista, incisivo a veces, ácido también, y el del ciudadano de a pie, el afincado en su rutina, el que ve a la monarquía como alienígenas. De esa fricción nace una relación sólida, que se hace acompañar por una travesía histórica muy agradable de ver, componiendo un retablo doméstico, sin excesos intelectuales, de una parte de la Historia del siglo XX.
El discurso del rey es cine de calidad, de ese tipo de cine que en plan tsunami cultural sobreviene de cuando en cuando, una de esas cintas de factura irreprochable, de contenido familiar y hasta didáctico, tallada con mimo, majestuosa, precisa, limpia. Se las ve con complacencia, convencidos de estar asistiendo a una función modélica, pero se las recuerda después con tibieza, sintiendo adentro (y tal vez sin atinar muy bien a razonarlo) que todas las grandes virtudes advertidas en su proyección han adelgazado su grosor, se han resuelto ineficaces para hacer perdurar el asombro primigenio. Ganar lo va a ganar casi todo y va a hacer taquilla. La flema británica, la casa real y la reputación de los intérpretes asegura que haga caja y consiga alguna que otra mención honorífica. No es injusto. En el fondo, no es injusto.
Lo mejor: Rush y Firth
Lo peor: Que es demasiado esquemática, que no avanza, que no tiene intriga, que es previsible
publicado por Emilio Calvo de Mora el 23 enero, 2011

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