Creada para que la rechaces y hasta vomites. Creada, también, para que no olvides su mensaje. Creada para que el asco que te produce te recuerde el asco que deberías sentir frente a cualquier tipo de abuso y totalitarismo. Creada para despertarte.

★★★☆☆ Buena

No habiendo encontrado ninguna crítica en esta página sobre esta controvertida obra de Pier Paolo Pasolini, me gustaría aportar mi granito de arena, esperando que otras plumas más acreditadas que la mía (como el todoterreno Vacelyck, el versado en grandes clásicos Moebius o Andrés Pons, de quien siempre discrepo en todo pero es un placer leer su argumentada y fina prosa) se animen a ampliar estas opiniones/informaciones.

Saló es uno de los grandes paradigmas del cine de autor o cine independiente. Subversiva, guerrillera y escandalosa, ha dado origen a miles de sesudos estudios analíticos así como a millones de opiniones enfrentadas. Y es que este filme no admite medias tintas: o se detesta profundamente o se defiende con vehemencia. Al neófito en cine extremo lo que le suele suceder es que se queda noqueado, no logra entender el por qué de la aberración que ha visto. Por el contrario, otros, iniciados en bizarrismos varios, podemos saltar por encima de las escenas de coprofagia y torturas para centrar nuestra atención en otras cosas. Por lo tanto, mi primera recomendación (aplicada a mí mismo) a la hora de visionar Saló, es no quedarse epatado a la primera de cambio. Es decir, si no dejamos a un lado recalcitrantes puritanismos y férreas morales, nuestro analisis jamás podrá penetrar más allá del ñoño sentimiento de estupor y escándalo.

Dicho lo cual, hay que admitir una cosa, aunque parezca que se contradiga con lo que cabao de decir. Saló es escandalosa, sí. Contiene escenas muy fuertes. Pasolini no se andaba con chiquitas. Quería cabrear al respetable… y sabía cómo hacerlo. Un asiduo del underground como él, tenía las herramientas necesarias para desplegar toda una artillería de monstruosidades gráficas. Divide su obra en cuatro partes que corren parejas con la estructura del Infierno Dantesco. En la primera, Anteinfierno, las víctimas son arrancadas de sus domicilios por la fuerza y conducidas por soldados fascistas hasta Saló (recordemos que Pasolini vivió en la República de Saló, donde le tocó presenciar numerosas atrocidades perpetradas por los militares italianos). En la segunda sección, intitulada Círculo de las Manías, una prostituta lee historietas extraídas del Marqués de Sade, cuyo contenido es extremo y pedófilo. En la escena más reseñable de esta parte, uno de los 4 dictadores que someten a los presos, introduce unos clavos dentro de un trozo de pan, que es ingerido por una desprevenida muchacha. En una tercera parte, Círculo de la Mierda, es cuando el espectador queda más sobrecogido, porque aquí Pasolini apela a nuestro sentido de la repugnancia para recabar al máximo nuestra atención. Dos escenas son memorables. Una chica que llora por el asesinato de su madre es obligada a deglutir los excrementos de uno de los tiranos. En otra escena, a los prisioneros se les prohíbe defecar durante 24 horas a fin de, posteriormente, poder recolectar en una gran fuente todas las mierdas que serán servidas en un glorioso banquete, para deleite de los dictadores y desgracia de los prisioneros. Visionando las imágenes es difícil no tener arcadas. Por mucho que encontremos reminiscencias con el Banquete de Platón, son imperiosas las ganas de mandar a tomar por el culo a Pasolini, por cerdo y guarro.

En el último ciclo, llamado Círculo de la Sangre, en un intento por salvar la vida, algunos de los cautivos cometen actos de traición sobre otros. Entre otras escenas extremas, podemos ver toda clase de torturas: personas marcadas con punzones ardientes, violaciones entre varias personas, víctimas a las que se les corta la lengua o se les sacan los ojos. Para aportar mayor realismo a las salvajadas, la cámara lo recoge todo desde varios metros de distancia, compartiendo, espectador y fascistas, la misma mirada introspectiva. Éstos últimos, sentados frente a la ventana, se excitan y masturban unos a otros viendo con prismáticos cómo los cautivos son mutilados, violados y asesinados.

Esta película, naturalmente, ha sido prohibida en muchos países. No solamente por el contenido violento y obsceno de casi todas sus escenas, sino porque en la realidad los actores que hacen de prisioneros tenían entre 14 y 18 años. Es decir, eran todos menores de edad. Así, podemos afirmar que más allá de los crímenes pedófilos que muestra la ficción de la obra, ésta misma comete en sí misma un delito de pedofilia, pues todos esos adolescentes aparecen desnudos en pantalla y son utilizados por el director para representar toda suerte de ficciones pornográficas. No está de más recordar que a ninguno de ellos la película les catapultó precisamente hacia la fama o hacia una carrera de artista, pues a la mayoría no se les volvió a ver nunca más en pantalla.

Según Pasolini, Saló es una metáfora del poder del fascismo sobre los oprimidos. Es decir, tomando como ejemplo el juego de sadismo sexual se quiere retratar el rol entre verdugos y víctimas durante los regímenes totalitarios. Así, del mismo modo que el verdugo, en los abusos en las relaciones sexuales basadas en el sadomasoquismo (hoy en día se le conoce como boundage por la gente chic), dispone a su antojo de su sumisa víctima, a la que puede azotar, sodomizar, cagársele y mearle en la cara y quebrantar moral y físicamente, lo mismo hacen o quieren hacer los fachas sobre el resto de mortales que no piensan como ellos. En cuanto a la metáfora de la caca (que, por cierto, era en realidad chocolate con mermelada), pues ¿qué decir? ¡Quién no ha tenido que tragar la mierda del jefe, o del matón de marras en el colegio, o de cualquier otro hideputa que se aparece en nuestra vida pensando en pisotearnos!

Pero… ¿el fin justifica los medios? Aunque el mensaje moral de Pasolini es bien recibido por la mayoría de personas, el procedimiento empleado (habida cuenta de que él mismo escogió como reparto a menores de edad) es rechazado por esa misma mayoría de personas. ¿Por qué lo hizo, pues? ¿Por qué el director e intelectual italiano tenía que machacarnos con tanta asquerosidad y, encima, usar a menores? En mi opinión precisamente para provocar lo que consiguió. A saber, un rechazo primitivo y contundente por parte del mundo entero. Creo que él no quería que a nadie le gustara su película. Deseaba que acabáramos vomitando de asco, pero para que, paradójicamente, nunca olvidáramos el mensaje. No la película, ¡sino el mensaje último! O la moraleja. ¡Huye de los totalitarismos! Huye del fascismo. ¡Ay de aquel país que se deje embaucar por un Hitler, un Mussolini, un Franco o cualquier otro gran dictador!

No nos quepa duda de que Charles Chaplin fue más delicado al poner sobre la picota los abusos de los dictadores, pero Pasolini no sabe hacer lo que hace Chaplin, y viceversa. Cada uno hizo lo que sabía. Y Pasolini era visceral. Dejó un film vergonzoso porque también eso es un paralelismo de lo que es el fascismo. El bochorno. Si te avergüenza esta película, te dice el director, ¿por qué te mantienes impasible ante el dictador y los abusos? Rechaza uno y lo otro, pues la asquerosidad de mi obra te ha de recordar la que deberías sentir al presenciar cualquier abuso de poder. A tenor de esto, es reveladora la escena final del filme, cuando dos de los soldados se ponen a bailar como estúpidos mientras al lado se está torturando a inocentes. Eso es, según Pasolini, lo que hace la humanidad. Creo que deberíamos darle la razón, ¿no?… Si rechazamos de plano Saló porque nos da asco, ¿qué nos pasa que no sentimos ese mismo asco cuando en la casa del vecino alguien le da una paliza a su esposa o maltrata a un niño, o cuando en el trabajo el gerente le hace la vida imposible a un compañero?

Quien tenga cola de paja que se le encienda. Saló es, a fin de cuentas, un golpe a nuestra conciencia cínica e hipócrita. Por cierto, y lo digo sólo de pasada, Pasolini pagó con su vida la osadía de realizar este film que pretendía despertar nuestra embobada y cerrada mentalidad.

publicado por Francesc Canals Naylor el 5 enero, 2011

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