Chris Kraus, el director alemán, plantea el drama después de presentar a la familia ultraconservadora de Oda (sobre todo al padre), y nos dice que, en aquellos tiempos, el que quería ser diferente, el que no comulgaba con las tradiciones de su propia estirpe, o se sometía a la disciplina o tenía que vivir una doble vida. Oda se decantó por lo segundo. Mantuvo en secreto su existencia paralela hasta que pudo descubrirse años más tarde, gracias a las páginas de su diario. Las que utilizó Kraus para escribir el redondo guión.

Pero es que, además, la cinta es casi perfecta técnicamente. Un verdadero ejercicio de estilo. Kraus utiliza con soltura la grúa, el teleobjetivo, y hasta se luce en algunos planos secuencia. La fotografía sorprende con una iluminación pictórica de objetos y personajes. Pero también la edición, donde destacan algunas escenas paralelas, alternando filtros azules y marrones, en lo que parece un homenaje a las películas de cine mudo de los años en los que se supone transcurre la historia.
Una trama que distingue lo que sucede en la mansión de la familia y en el laboratorio. Allí, en el aserradero convertido en sala de los horrores, experimenta Ebbo con los cuerpos sin vida -¿seguro que están muertos?- como si de un doctor Frankestein se tratara (“Un hombre que vive de la muerte”). Mientras, en el piso superior, transcurre una historia de amor; una niña se convierte en mujer; y nace una escritora. El bien y el mal separados por un techo desvencijado que amenaza con derrumbarse.
Aunque lo que se hunde primero es el mundo entero cuando estalla la guerra. Eso hará que los acontecimientos también se desaten en Poll… Y que se sucedan los aplausos al final de la proyección.
