Un interesante experimento cinematográfico, no exento de mensaje, que arriesga y sale victorioso. Culmina una cinta buena, muy buena.

★★★★☆ Muy Buena

Intérprete: Ryan Reynolds.

Sinopsis
Un civil llamado Paul Conroy (personaje interpretado por Ryan Reynolds), que trabaja como transportista en Irak, se despierta con una herida en la cabeza, en un habitáculo muy pequeño, cerrado. Está confuso, muy confuso. Pronto se da cuenta de que está encerrado en un ataúd, enterrado y víctima de un secuestro. Dispone de un teléfono móvil y un mechero como herramientas para tratar de salir de allí, presionado por su secuestrador que le da noventa minutos para conseguir que el gobierno norteamericano pague cinco millones de dolares.

Crítica
Se podría decir que estamos ante un experimento cinematográfico arriesgado, una apuesta del director Rodrigo Cortés por un guión y una historia que se circunscribe a un único espacio, al interior de un ataúd. No es la primera vez que nos vemos inmersos en él, ya antes otros genios como Hitchcock o Tarantino, nos han introducido en una caja de madera bajo tierra, pero nunca toda la película se ha desarrollado en tan reducido y singular espacio. No obstante, antes de darles mi veredicto sobre lo inusual y arriesgado de la apuesta, déjenme darles algunas pinceladas, matices y opiniones desde la ignorancia, que me llevan a catalogarla como buena, muy buena.
Reconozco que tras los primeros diez minutos y pasada la agonía inicial provocada por las exhalaciones iniciales de Paul Conroy y de vernos limitados a un espacio tan reducido, el sueño se apoderaba de mí. Pronto se tornó en todo lo contrario. El vaivén de calma y acción, los giros entre momentos de pausa y momentos estresantes, me cazaron y empezaron a agobiarme, a provocarme la claustrofobia del personaje. Todo ello es consecuencia directa de la brillante conjunción entre dirección y edición (el montaje!! ay, qué importante es): nos alternan momentos de ahogo con pausas de respiración profunda, terminando con una media hora final, excepcional, pura, agónica, donde se mezcla resignación y esperanza. Concluye con una tremenda frustación final, que no por ello deja de ser acertadísima: brutal, sobrecogedor, en el que se llega a sentir miedo, desesperación, ansiedad, angustia, odio, esperanza.
Casi una exigencia, pero no por ello tenemos que dejar de mencionarlo, es la necesidad de no salir nunca al exterior, de mantenerse en todo momento en el asfixiante y oscuro espacio limitado del ataúd. Eso  imposibilita la distracción, la pérdida de contacto con la realidad del protagonista e impide la huida, la visión, el oxígeno.
Notables y patentes son las influencias en el director de aquellos clásicos del género tejidos por el inolvidable Alfred Hitchcock. Por momentos, también me parece que estoy dentro de aquel Diablo sobre Ruedas, que tan magistralmente dirigió Steven Spielberg, donde la angustia, el sentimiento de incapacidad, lo trágico, la lucha contra el mundo y la soledad del que no puede hacer nada ante ese entramado que le está ahogando, quedaron tan bien expuestos.
Por seguir con las formas, no puedo olvidar de la fotografía y la luz, siempre la luz. Mucho del mérito se lo doy a Ryan Reynolds, del que después hablaré en lo relativo a la interpretación. Es admirable como es capaz de jugar con la posición del móvil, del zippo y de la linterna, para que la cámara logre recoger en plenitud su sufrimiento, su pavor, su angustia, su cansancio,.., pero también su esperanza y su coyuntural ironía, que llega a ser hasta graciosa, a pesar de las circunstancias. Admirable también como la sangre, la arena y el sudor se presentan como tres protagonistas más que juegan en pro de la sensación, mejor dicho de la transmisión de la sensación, la cual llega al espectador, nos impregna y no hace sentirnos así, heridos, sudados,…, desesperados, al borde del abismo y sin nada que hacer, porque nadie lo quiere hacer.
En cuanto al contenido y que no hayamos comentado ya; ¿hay mensaje?, claro que sí. Una dura crítica al belicismo contemporáneo (curiosamente sin verse ninguna escena de guerra),  a las miserias de la sociedad actual, al mísero e inmoral beneficio empresarial.
Alegato anti-bélico claro y definido. El responsable del grupo de salvamento le comenta a Paul que qué piensa de sus secuestradores; "quizá no sean más que personas como tú y cómo yo, a las que se le ha quitado todo. Qué no harías tú en esa situación por tu familia".
Crítica al capitalismo asentimental y a la codicia sin sentido, encarnadas por esa empresa fría que es capaz de despedir a un trabajador en esa situación, para no tener que verse inmersa en la problemática derivada y en asumir costes de seguros de vida y médicos para la familia. Esas empresas que sólo buscan el negocio, exigiendo compromiso del empleado y no dando nada a cambio.
Se vislumbra, no de forma poco irónica, esa crítica a la sociedad actual, a las formas de la misma. A todo espectador, aunque sea un poco frívolo decirlo, los comienzos de la película le recuerdan a la imposibilidad que tenemos para hacer ciertas gestiones por teléfono, cuando te pasan de operador en operador, te tienen largos tiempos en espera y al final no consigues nada. El pobre Paul Conroy se desespera en contestar preguntas y más preguntas con distintos interlocutores, pensando,…, "joder que estoy enterrado, sin oxígeno y a punto de morir, qué coño importa mi número de la seguridad social". Así es señores, así es. A eso estamos derivando.
Por último y tratando de ser breve, que ya bastante me estoy extendiendo, me fijaré en Ryan Reynols
Como puntos negativos, si se me permite, hay algunas licencias, posiblemente para completar los noventa minutos de metraje, que sobran y no son necesarios. Me refiero aquí a la escena de la serpiente; sinceramente sobra.
Ahora sí. Veredicto: la apuesta arriesgada, sin duda, sale victoriosa y con nota.

Nota general: 8 sobre 10.
Lo mejor: Los cambios de ritmo, Ryan Reynolds, los juegos con la poca luz existente. La sucesión de pausa y acción mantiene al espectador clavado a su sitio, sudando, sangrando y sufriendo a la par que lo hace el protanogista.
Lo peor: Le sobra alguna cosita de relleno para completar los 90 minutos de película.
publicado por Lucas Liz el 11 octubre, 2010

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