He aquí, una nueva aproximación al personaje de Robin Hood. Creo que sólo conozco a una persona que no se sepa la historia de pe a pa y se trata de la hija de un amigo que nació hace apenas un par de semanas. Como se suele decir en estos casos, la película apuesta por intentar dar una nueva vuelta de tuerca a la historia que ya conocemos y, en ese sentido, cabe reconocer que la cinta lo consigue, centrándose más en la forja del mito y cómo llegó a convertirse en el popular personaje, más que en sus peripecias en sí, robando a los ricos para dárselo a los pobres. En ese sentido la película se acerca más a “Robin Hood, la leyenda” que a “Las aventuras de Robin Hood”, para que nos entendamos, alejándose así de sus anteriores adaptaciones, algunas de ellas tan populares como Robin de los bosques (no veo yo a Russell Crowe dando los saltitos de Errol Flynn), la adaptación animada de la Disney, la crepuscular Robin y Marian o Robin Hood, Príncipe de los ladones (con un Kevin Costner luciendo el pelo de Bon Jovi).

En esta nueva adaptación, la película empieza presentándonos a Robin Hood como un soldado del ejército del Rey Ricardo Corazón de León, de visita turística por tierras francesas por aquello de saquear castillos y esas cosas, después de regresar de las cruzadas. En la última batalla antes de volver a casa, el rey caerá en combate (no esperen una aparición estelar al final de la película porque uno no se recupera de una flecha clavada en el cuello a no ser que se trate de una película de George A. Romero) y nuestro prota, viendo el panorama, decide pirárselas para Inglaterra con la compañía de unos amigos que, como él, deciden poner pies en polvorosa. Muy heroico por su parte, todo sea dicho. Una vez en casa, Robin se hará pasar por Robert de Loxley, el hijo de un noble inglés caído en combate, y esposo de Lady Marian, para evitar con ello que ella pierda sus tierras. A mi esto me recuerda la horrible película esa de Sommersby, con Richard Gere y Jodie Foster, con una trama parecida aunque sin el consentimiento expreso por parte de la esposa; e incluso, si mucho me apuran, el capítulo de Los Simpson en que se descubre que el director Seymour Skinner, no es en realidad quien decía ser.

Al lio. Lady Marian, deberá hacer de tripas corazón (de León), instalando al desconocido en su casa y haciéndolo pasar por su marido a los ojos de la gente, para evitar perder sus bienes, al no tener descendencia, por mucho que en un principio le repugne la idea de compartir estancias con un individuo tan arrogante. Pero ustedes ya saben que “los que se pelean se desean“ (y en cine más) y poco a poco la muchacha se irá sintiendo más cercana al recién llegado. Por otra parte, muerto el Rey, su hermano pequeño El Príncipe Juan, heredará el trono y su primera medida será la de subir impuestos cosa mala a sus súbditos, en un afán recaptador que ríanse ustedes de la policía local de ciertos ayuntamientos. El pueblo, ahogado por las deudas deberá hacer frente como pueda a la subida de los impuestos que, los secuaces del rey, optarán por cobrar de formas altamente expeditivas. ¿Quien ayudará a las gentes de bien ante tal desdicha?

La película, dirigida por Ridley Scott, viene a demostrar dos cosas que ya hace tiempo que nos rondaban por la cabeza: 1. Que al hombre le gusta más una lucha con espadas a cámara lenta que a un tonto un lápiz; y 2. que para el hermano mayor de los Scott a una película de menos de dos horas se le llama cortometraje. En el apartado de actores, en la cinta encontramos rostros conocidos como los de Russell Crowe, luciendo una vez más sus dos únicos registros interpretativos conocidos: serio y enfadado (siendo éste su quinto proyecto junto a Ridley Scott); Cate Blanchett, la mejor de la película de calle, interpretando a una dura Lady Marian, muy de armas tomar, adaptada a los tiempos que corren; Mark Strong, el malo de Sherlock Holmes y Kick-Ass, ¿encasillamiento a la vista?, y los veteranos Max von Sydow y William Hurt, entre otros.

De entrada, hay que reconocer que para tratarse de una película de dos horas y media de duración la acción resulta suficientemente ágil como para que uno no se aburra soberanamente viendo las batallitas del famoso arquero, con un buen ritmo narrativo, únicamente cortado por la pesadez de las cámaras lentas que el señor Scott se empeña una y otra vez en colocarnos entre tomas (mira cómo tenso el arco, un poco más, un poco más, un poco más…mira cómo gotea mi sangre, un poco más, un poco más, un poco más…), una ambientación más que correcta y una historia que intenta aportar algo nuevo a lo que ya conocíamos. Dicho esto, después de un buen arranque de la película, una vez nuestro héroe llega a tierras inglesas, todo empieza a ir de mal en peor, como si el guión hubiera tenido tantas escrituras y re-escrituras que, al final, la cosa se hubiera tenido que unir con calzador, buscando un mínimo de coherencia a marchas forzadas. Porque lo cierto es que hay elementos de la película que no acabo de comprender: ¿que pintan esos misteriosos habitantes de los bosques en la trama?, ¿que son todas esas extrañas coincidencias, en plan: vaya por Dios, no nos habíamos visto nunca y resulta que lo sé todo de tu pasado? ¿porque ningún habitante de Nothingham se da cuenta de que su señor ha vuelto con otro rostro? ¿que es eso de buscar rollo en medio del fragor de la batalla y rodeados de cadáveres? ¿que es ese extraño desembarco de Normandía made in siglo XII? ¿porque Robin Hood tiene durante toda la película esa pinta a gordo y en la única ocasión de la película en que se quita la camiseta resulta que está cachas que te cagas?

publicado por Jefe Dreyfus el 20 septiembre, 2010

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