Un buen relato repleto de sentimientos enfrentados entre un joven y su prisionera, una estudiante de arte, con la dirección de uno de los grandes: William Wyler

★★★★☆ Muy Buena

En la historia del cine ha habido toda clase de tipos extraños y solitarios, casi siempre apartados de la sociedad, y el que interpreta Terence Stamp en El coleccionista (1965), de William Wyler, se incluye perfectamente en este grupo de individuos. Pero no les de por pensar que el joven protagonista colecciona cadáveres, amantes, muñecas o huesos, sino mariposas. Aunque sí secuestra a una bella estudiante de arte, llamada Miranda (Samantha Eggar), de la que está profundamente enamorado, o más bien obsesionado, desde hace bastante tiempo, cuyo anhelado plan llevará a cabo después de comprar una gran casa en las afueras de Londres, gracias al dinero que consigue con el premio que gana con la quiniela (explicado mediante un flashback). El objetivo del joven, llamado Freddie, es retener a la chica durante el tiempo que sea necesario para que ella le conozca bien y se llegue a enamorar de él. Pero dada la insistencia de ella en decirle que eso no ocurrirá jamás, él no le da otra opción que la de quedarse durante unas semanas encerrada en la habitación que le ha estado preparando, con varios vestidos y material de pintura a su disposición. Mas, aunque suene un poco raro, ella le hará entrar un poco en razón utilizando con sabiduría el respeto que él le tiene, consiguiendo establecer entre ambos un tiempo de estancia máximo de un mes.

Con este argumento, basado en la novela de John Fowles y adaptado por Stanley Mann y John Kohn, no era tarea fácil para el maestro Wyler mantener el buen desarrollo de la historia; pero, sin duda alguna, desde el interesante punto de partida sabe aportar fluidez a la narración gracias, sobre todo, a su eficaz y meditada puesta en escena, a la música del recientemente fallecido e inimitable Maurice Jarre, con su banda sonora acompañando inteligentemente a las escenas cambiando de tono según lo necesario, a los buenos diálogos, y a una sugerente fotografía de Robert L. Surtees (para los decorados de los estudios de Hollywood), y de Robert Krasker (para los exteriores rodados en Londres). Las facciones del rostro de Freddie se remarcan aún más con el trabajo del enfoque de la luz y eso da mucho más carácter y carisma al personaje de Terence Stamp; sin embargo, no ocurre lo mismo con los primeros planos de ella, totalmente antagónicos ya que la fotografía es más luminosa, tanto, que su cara parece estar algo difuminada.

Hay que destacar que, salvo una tía de Freddie que aparece en el flasback antes mencionado y un vecino suyo que le hace una visita en una escena muy bien realizada, la pareja protagonista lleva todo el peso de la historia de una manera asombrosa. Terence Stamp hace un papel francamente excelente, cuyos gestos, posturas y su manera de comportarse son tan reales que el espectador se cree totalmente su forma de ser y de pensar. Samantha Eggar también consigue un veraz papel en el que a veces utiliza un doble juego que consiste en intentar persuadir a Freddie para poder escapar de allí o en hacer bien su papel de prisionera hasta que llegue su hora de huir de ese terrible refugio. Merecidamente, ambos fueron galardonados por su interpretación en el Festival de Cannes y él fue nominado a un Oscar.

Con esta película (seis años después de Ben-Hur), William Wyler se embarcó en un proyecto tan arriesgado como lleno de matices, en el que se ve su gran trabajo con los actores (cuyo vestuario también tiene parte de importancia) impulsado por su talento para realizar, con muy buena nota, cualquier tipo de historia que tuviera entre manos. Y es que, precisamente, el resultado de El coleccionista es muy digno, dada la dificultad para llevar a cabo una película con sólo dos actores, cuyos personajes se recriminan muchas cosas y se dicen verdades como puños. Eso hace que el espectador observe con atención cualquier aspecto o detalle de la personalidad de ambos, de algún cambio que halla en su forma de actuar. Pero no es fácil saber o intuir qué es lo que ocurrirá en la escena siguiente, y esto, señores, sólo lo pueden hacer unos pocos privilegiados.

Lo mejor: Terence Stamp y Samantha Eggar
Lo peor: La fotografía de algunos primeros planos de ella
publicado por elprimerhombre el 6 septiembre, 2010

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