Una simpática y sencilla película en la que destaca una buena dirección y brilla un tremendo Ernest Borgnine como soltero de buen corazón, pero en la que también sobra un suceso paralelo y fallan las interpretaciones de algunos actores

★★★☆☆ Buena

Marty

La vida de cada individuo parece estar marcada por un desarrollo lógico de la cultura familiar. Cuando uno es pequeño y sigue el proceso de educación, tanto en su casa como en la escuela, se va dando cuenta del camino que para muchos debería seguir: estudio, trabajo, matrimonio e hijos. Este pensamiento le da por pensar si, en su día, alguien debió decidir que toda persona debía formar una familia como obvio crecimiento de una vida normal y corriente. Por eso, aunque la cosa ha cambiado bastante, aún hay parte de la sociedad que ve con malos ojos a las parejas que no se han casado y encima tienen hijos, y a aquellos hombres y mujeres que ya tienen una edad avanzada y todavía no se han unido en matrimonio, viviendo encima en casa de sus padres.

Todo esto lo explica bastante bien la ópera prima del director norteamericano Delbert Mann, Marty (1955), uno de los debuts cinematográficos más premiados de la historia del cine, con 4 Oscars (Mejor Película, director, actor y guión) y la Palma de Oro en Cannes. En esta bienintencionada y simpática película, el protagonista es un tal Marty Piletti (Ernest Borgnine), un carnicero soltero de 34 años que aún vive con su madre y que aguanta cada día la típica frase de sus clientas: "Marty, debería darte vergüenza". Marty es el mayor de cinco hermanos y el único que todavía no se ha casado ni tiene hijos. Su madre, Theresa Piletti (Esther Minciotti), no deja de insistirle que encuentre de una vez a una mujer y hasta si es necesario se la buscará ella. Él siempre hace lo mismo: las noches en las que sale a dar una vuelta lo hace con su inseparable amigo Angie (Joe Mantell), un tímido tipo de 33 años que también está soltero. Ambos son tal para cual, sin saber qué hacer ni adónde ir, siempre recibiendo calabazas de las mujeres a las que deciden conquistar. Una noche, por insistencia de su madre, Marty, acompañado cómo no de Angie, decide ir a Stardust, una gran sala de baile a la que ya ha ido unas cuantas veces. Pero esa noche será distinta ya que, por cosas del azar, conocerá a una tal Clara (Betsy Blair), una mujer soltera de 29 años con la que entablará una buena amistad y quizás algo más.

El mayor acierto de Delbert Mann es apostar por una historia sencilla de principio a fin, con la impagable presencia de Ernest Borgnine. Sin embargo, la historia aún podría haber sido más simple y directa si no se hubiera contado otro suceso paralelo al posible amor entre Marty y Clara. La hermana de la madre de Marty, Catherine (Augusta Ciolli), vive con su hijo Tommy (Jerry Paris), la mujer de este, Virginia (Karen Steele), y el bebé de ambos, pero la verdad es que la convivencia juntos no pasa por muy buenos momentos, debido sobre todo a la mala relación entre Catherine y su nuera. Entonces, la pareja le pide un favor a Marty: que Catherine se vaya a vivir con él y su madre ya que su casa es más grande. Con esta excusa, Mann vuelve a introducir otro de los tópicos más oídos en el entorno familiar: el fastidio de tener la suegra en casa. Pero lo único que consigue Mann es más drama y más escenas que hacen perder ritmo y naturalidad a la historia.

Aparte de esto, algunos actores que acompañan a Ernest Borgnine no ayudan mucho a que la historia sea totalmente factible. La actriz Augusta Ciolli no hace para nada creíble su papel y Betsy Blair crea un personaje demasiado bobo y soso como para que el espectador se simpatice con ella, utilizando además los mismos gestos en algunas escenas. Los únicos actores secundarios que se salvan y con creces son Esther Minciotti, cuyas escenas con su hijo Marty son de lo mejor de la película; y Joe Mantell, que aunque no sea un papel soberbio, consigue que nos creamos su condición de amigo del alma de Marty, logrando una secuencia brillante cuando busca a su amigo mientras este anda por la ciudad con Clara.

Y los claros puntos a favor de la película son: primero, la acertada dirección de Delbert Mann, sobre todo en cuanto al uso de los planos fijos junto con zooms lentos cuando quiere remarcar algo de las escenas; y segundo, la actuación inolvidable del maravilloso actor Ernest Borgnine, que hace que el espectador se encandile con su personaje humilde y bonachón.

Lo mejor: Ernest Borgnine
Lo peor: Las interpretaciones de algunos actores y una trama paralela
publicado por elprimerhombre el 13 julio, 2010

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