No es tan buena como Calvaire, pero desde luego Fabrice Du Welz sabe como hacernos viajar a extraños infiernos sin salir de casa. Si eres paciente, puede que te hipnotice, pero lo más probable es que te irrite y utilices el mando antes de tiempo. En

★★★☆☆ Buena

Vinyan

Recuerdo, en el festival de Sitges de hace varios años, quedarme con ganas de ver Calvaire (2004). Era una de esas películas muy comentadas en el certamen, dentro de selectos grupos de aficionados. Lo que me llamó la atención, además del subgénero (me trago todo lo que tenga que ver con el survival) fue la radical diversidad de opiniones que suscitó. Unos hablaban de ella como un peliculón absorbente y cruel, y otros la repudiaban a los treinta minutos. Indiferente no debería dejar. Este tipo de películas siempre suponen un buen reto para el aficionado. Cuando por fin la tuve en casa (puesto que su distribución en cines por España, para variar, no existió) mis expectativas fueron cubiertas del todo. En Calvaire conocí a su prometedor director, el francés Frabrice Du Welz, otro más del club del nuevo cine de género de su país, donde parece ser que no se andan con tonterías. En esps momentos y más adelante, Julien Maury, Alexander Bustillo, Pascal Laugier o Alexander Aja siguieron el camino, con resultados sorprendentes. Pero se intuía ya, con ésta su primera película, una diferencia respecto a dicho club. Y es que a Du Welz también le gusta la crueldad, lo malsano, pero prefiere no cubrirlo de demasiada hemoglobina. Lo suyo es más un rollo psicológico: intentar incomodar con los comportamientos de los personajes y sus situaciones más allá de despedazarlos explícitamente. A parte, su estilo es agobiante por pausado. Se toma su tiempo para llegar a los clímax, lo que puede suponer el saludable reto que apuntaba al principio, o la irritación del personal. En ese sentido me recuerda un poco a otro director francés a tener en cuenta, el polémico Gaspar Noé.

Por tanto, después de disfrutar (aunque sea en sentido malicioso) con la citada Calvaire, lo nuevo que hiciese este director contaba con mi espera impaciente. Su nueva película, Vinyan, se ha tenido que conformar, al menos en España, con una distribución igual de inexistente. Es por ello que hasta ahora, gracias a mi amiga la red, no he podido echarla un vistazo. ¿La espera ha valido la pena? No tanto como en el otro caso, aunque es mejor analizar los motivos. El primer motivo, principal, es que después de aquella magnifica Calvaire, su director tenía mucho que demostrar. No es tarea sencilla, y tampoco es que haya ido por el camino fácil, pero hay que adminir que salvo momentos puntuales Vinyan no sobrecoge, ni impacta, ni interesa tanto. El marco de la acción pasa de un pueblo perdido lleno de paletos zumbaos a una isla situada en el Bangkok post Tsunami. Los protagonistas ahora son un matrimonio que ha perdido a su hijo tras la catástrofe, y se aventuran en tierras y con gente de dudosa fiabilidad para aprovechar lo poco que les queda de esperanza. No obstante, aunque el entorno cambie, el fin de su anterior película y ésta sigue siendo el mismo: trazar la delgada línea entre la cordura y la locura del ser humano. El viaje de la pareja se convierte en un in crescendo surrealista. Pese a que, en la primera hora, podamos pensar que no es más que telefilme tipo “padres coraje buscan a su hijo perdido”, aunque rodado con más estilo, lo bueno llega en el ultimo tercio. Es ahí, puede que a propósito, cuando Du Welz lleva a sus personajes, y en cadena al espectador, a un viaje por los horrores de la mente. Al igual que en su primer trabajo, habrá quién disfrute con lo propuesto, mientras que el resto se sentirá ofendido, aburrido o ambas cosas.

Guste más o menos, resulte interesante o un bodrio, hay que aceptar que el cine, o al menos lo visto hasta el momento que hace este hombre, tiene su miga. Sabe componer planos, crear situaciones malsanas y jugar con el espectador, provocarlo. Para bien o para mal, consigue sus propósitos. Algo debe tener cuando, después del escaso ruido comercial de Calvaire, dos estrellas (Emmanuele Beart y Rufus Sewell, bastante correctos ambos) han aceptado trabajar con él en otro proyecto claramente minoritario. Ya es difícil hacer una película. Más difícil es llevarla a los cines. Pero lo que realmente es difícil es que, aunando calidad, estilo y raíz autoral, uno haga lo que le de la gana y se lo financien. No se de quién será primo, hijo o nieto este Du Welz, pero de momento le sale bien la jugada. Dentro de su mezcla de géneros (sobretodo suspense, pero bien aderezado con terror de varios tipos, drama y tocando subgéneros como el de “niños malvados” en un entorno que podría recordarnos al sucio “mondo” italiano) y de sus pretensiones no cumplidas, se esconde una obra que merece ser vista. Eso sí, con predisposición y algo de paciencia .

publicado por Carlos Cubo el 10 mayo, 2010

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