En el Bafici circulaba un rumor bastardo, infundado: decía que a Police, adjective le sobraba la primera hora y media. No escuché lo mismo de películas que hacían un uso excesivo de planos fijos donde no había mucho para mirar, sino de la que para mí fue la mejor de todas de todas las que vi. Es raro, pero así son los rumores y nadie tendría que prestarles atención. Con seguridad, éste había surgido de la boca de quienes siguen disociando la forma del contenido. ¿De qué otra manera se podría contar una historia donde lo fundamental es el tiempo en todas sus dimensiones? El tiempo como pasado, presente y futuro, y como algo relativo que en el día a día se estira o se acorta según el grado de acción.

Cristi, el protagonista, es un joven policía que tiene la misión de seguir a un grupo de chicos de secundaria que fuman hachís. En su deambular moroso, que nada tiene que ver con las investigaciones policiales que podemos ver en Hollywood, la película impone, a su vez, otro seguimiento: el que hace el espectador de Cristi. Tal vez es ahí donde se engendra el absurdo rumor que, sin dudas, es signo de una falta de atención al andar del protagonista, a los pasillos y recovecos de la institución policial y a los pequeños diálogos que va manteniendo con diferentes personajes. Todo está ahí desde los primeros minutos. Mientras se van anidando unos temas con otros, la burocracia, la repetición, el absurdo, la ley, la moral y las instituciones dilatan el tiempo y generan el nudo que provoca la espera.

Porque Cristi siempre está a la espera. Vigila la casa de uno de los chicos y espera. Los observa fumar porro frente a la escuela y espera que tiren la tuca para recogerla como indicio del delito. Sobre todo, espera encontrar una prueba que demuestre que alguno de los investigados está traficando, porque sabe que la ley de su país puede mandarlos varios años a la cárcel sólo por consumir y eso va a pesar en su conciencia. Pero no hay peor espera que la de algo que, ya se sabe, no va a llegar. De cualquier forma, Cristi retarda la investigación y pospone el encuentro con su jefe mientras intenta dirimir sus dudas.  

Y si bien el policía forma parte de la institución, su problema es con la autoridad. Cuando en una maravillosa escena de la convivencia de una pareja discute con su mujer sobre una palabra mal escrita en uno de sus informes, Cristi se termina preguntando quién decide cómo se debe escribir y pone cara de desconfianza cuando la respuesta es “la Academia Rumana”.  El conflicto de la película está, más que nada, en su cabeza. A minutos del comienzo mantiene otro diálogo con un compañero de trabajo en el que discuten la posibilidad de que éste pueda unirse a los partidos de fútbol-tenis que practica Cristi una vez a la semana. El protagonista se rehúsa a invitarlo. Le dice que ya lo vio jugar al fútbol y que es malo, y que si juega mal al fútbol tiene que jugar mal al fútbol-tenis, que eso es una ley, que no está escrito pero que es una ley. Porumboiu pone todo el tiempo en la boca del protagonista las dificultades que tiene su personaje para disociar sus creencias del significado de un código escrito.

En esa lucha constante contra los mandatos externos, Cristi se niega a arrestar los chicos por consumo porque cree que en el futuro cercano esa legislación, que les deparará varios años de prisión y que ya no rige en otros países de la Unión Europea, va a ser modificada. Lo que no puede es detenerse a pensar que si para los antiguos romanos lo jurídico se fundaba en las Mores maiorum, las costumbres de los ancestros, la tradición, en el presente de la Rumania que le toca vivir a Cristi habita el pasado cercano de una larga dictadura como la de Ceauşescu. Y aunque las leyes ya no estén talladas en piedras inmutables, es seguro que ese cambio que tanto desea se va a demorar más de lo que la institución policial (a la que no le importa más que el presente) le permita estirar su investigación.

El tiempo de la película, ese que llegó a incomodar en su cadencia a algunos espectadores, se presenta también como el tiempo de la vida y de la Historia. Police, adjective no los divorcia, al contrario, los reúne junto a su estructura para que su personaje principal tenga la posibilidad de vacilar y preguntarse sobre sí mismo mientras el reloj avanza lento pero implacable hacia un final. Ese final tan mentado, que los rumores festivaleros extirpaban del resto, no acelera el ritmo. Sí se abandonan los silencios prologados en esa extensa charla que mantienen Cristi, un compañero y su jefe, pero se conservan el humor, el compás y el tipo de planos fijos que los encuadran a media distancia. Lo que hace Porumboiu en esta escena es explicitar todo lo que vino desarrollando hasta ese momento, algo que muchas veces puede terminar por destruir una buena película. Sin embargo, lo hace de una manera tan inteligente que éste debe ser uno de los pocos casos en que la pura exhibición, la puesta en práctica de toda esa proposición formal que se venía desarrollando, acaba por hacerle ganar a la película una potencia descontrolada. En esos dos últimos planos donde la estrella que habla y manda es un diccionario -esa ley de la lengua un poco absurda- Porumboiu termina de pasar su aplanadora sobre el concepto de libre albedrío y, claro, también sobre los cuerpos del protagonista y de los que estábamos en la sala.

publicado por Martín Stefanelli el 2 mayo, 2010

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