El filme-atracción de Cameron no sólo no ha supuesto un paso adelante en el cine sino que ha conseguido retrocederlo más de un siglo.

★★☆☆☆ Mediocre

Avatar

Hablar de la última cinta de Cameron es como intentar hacer una crítica de un viaje en la montaña rusa o en la casa del terror. Hay que ser poco razonable para acometer tal tarea. Pero quizás no haya más remedio o pronto nos quedaremos sin poder comentar ninguna película de estreno en este parque de atracciones en el que se ha convertido el cinematógrafo contemporáneo.

Es curioso que filmes como Avatar, nacidos de la mano de ingeniosos creadores de realidades virtuales, con presupuestos astronómicos que asustan, y con tantas horas de trabajo que su realización se cuenta por años, son producciones que anuncian la revolución del cine. “Nada será igual después de Avatar”, rezan algunos tag lines ansiosos de conseguir el record de recaudación en la primera semana, único objetivo de tan magno proyecto.

Nosotros creemos que el filme-atracción de Cameron no ha supuesto un paso adelante en el cine. Todo lo contrario: ha conseguido retrocederlo más de un siglo, a sus comienzos, allá donde Georges Méliès y compañía lo utilizaban en las barracas de feria donde la gente salía despavorida ante la presencia de un tren que avanzaba hacia ellos, o se divertía cuando Segundo de Chomón hacía que la ropa de las maletas del cliente de un hotel se colocaran solas en los armarios. No es nueva la intención, ni siquiera es novedoso el vehículo feriante de las tres dimensiones.

¿Se dan cuenta de que aún no hemos hablado de la película? Es que poco hay que decir de argumento, tratamiento del guión, interpretación, puesta en escena, y demás elementos narrativos que se supone debe tener un largometraje de esto que llamamos cine.



¿El argumento y el guión? Cameron ha echado mano de viejos conocidos para dotar de cierta trama a sus secuencias bélicas, a sus vuelos espectaculares y demás fuegos artificiales. Una historia sospechosamente parecida a las producciones animadas de Disney. El público, siempre sabio, anda circulando una divertida teoría de que Avatar es realmente Pocahontas pero en clave de ciencia-ficción. Qué razón tienen; y menos mal que no hay canciones, sería el remate final a casi tres horas larguísimas.

El párrafo correspondiente a la interpretación también habrá que dejarlo vacío de contenido como corresponde a una película de animación, y por respeto a una actriz que nos encanta –nos encantaba-. No, no queremos ensañarnos con Sigourney Weaver, una profesional que se ha vendido al mejor postor y que lo único que consigue es mostrar su decadencia. Lo malo es que su jefe es el mismo que hizo aquella maravilla de secuela donde un Alien era la pesadilla en un entorno gris, sucio y oxidado que sí fue la revolución de la ciencia ficción. Lastima que Cameron, en su etapa de madurez (¿?), haya dejado salir el punto hortera que todo americano tiene: esos colores no pueden chirriar más.

El comentario del resto de elementos cinematográficos, si es que los hay, lo dejo en manos de los usuarios de video juegos que seguro que le sacarán más partido. Yo lo siento, pero sólo intento hablar de cine. Y es que ¿qué queda después de un viaje en la montaña rusa? La sensación de vértigo mientras dura el recorrido pronto se olvida; se abandona definitivamente cuando compramos el billete de la siguiente atracción.

Pasen y vean, señores, pasen y vean.
publicado por Ethan el 24 febrero, 2010

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