Hace un par de días vi un capítulo de Los Simpson llamado “Any Given Sundance” en el que Lisa se dedica al curioso oficio del cine independiente en los Estados Unidos. Después de ver a Homero y a Bart robando comida decide filmar un documental sobre su familia llamado Capturing the Simpsons, alusión al retrato de otra familia disfuncional que hizo Andrew Jarecki con Capturing the Friedmans. Los programadores del festival de Sundance aceptan la película de Lisa más por las características extravagantes de la directora que por las cualidades del documental. La familia viaja a Utah para presenciar su estreno y, después de la función aclamada por un público esnob, piensan que han sido humillados por la película que los mostraba en situaciones vergonzosas. Lisa se siente culpable por haber abandonado ese gusto por las imágenes simples y bellas que tenía antes de empezar con este proyecto y por haber cedido al pedido de mayor dramatismo de parte de su productor. Mientras en la calle los festivaleros le piden a Homero que diga algo disfuncional para su diversión, Lisa no sabe si su familia la va a poder perdonar y se pregunta si no es ella el verdadero monstruo de la película.

Todo este capítulo puede ser una excelente parodia del camino recorrido por Precious desde su estreno en el mismo festival hasta los elogios recibidos por la crítica estadounidense y su reciente nominación al Oscar como mejor película. Precious no es un documental como el de Lisa, es una ficción que se dedica a otras miserias mucho más escandalosas que las simpáticas desventuras de la familia amarilla con las que cualquiera se podría identificar. La película de Lee Daniels sufre uno de los problemas más graves que se puede tener cuando se hace cine: a medida que la protagonista se ve aporreada, una y otra vez, se empieza a abrir un abismo entre el espectador y el personaje.

A Clareece ‘Precious’ Jones (Gabourey Sidibe) la envían a una escuela especial para que aprenda a leer, su madre la maltrata de la peor manera, tiene una hija con síndrome de Down y está embarazada porque su padre la viola desde los tres años. También, mientras camina por las calles de Nueva York, un tipo la empuja porque es gorda. Esas y otras mortificaciones recibidas en silencio que por razones de espacio prefiero no contar, hacen que el espectador, mientras se van sucediendo una tras otra, se aleje cada vez más de la posibilidad de identificarse con el personaje y se acerque a la lástima y quizá, lo que es más delicado, se sienta contento de no estar en su lugar. En la vil manipulación que lleva a cabo, este director no se priva de ninguna herramienta con tal de empujar la lágrima afuera del ojo. Desde la música hasta el nombre con el que Precious llama a su hija enferma (Mongo, sí, así la llama) le sirven a su pretendida pincelada de un estado de situación que probablemente no hace más que confirmar los prejuicios que la platea tiene de cierto sector social. 

Como Daniels parece creer que el problema moral estaría en mostrar, por ejemplo, una violación, cada vez que la protagonista es denigrada corta y nos trae las imágenes de sus fantasías para que podamos ver cómo hace Precious para sobrellevar semejante carga y cuáles son sus anhelos de una vida mejor moldeados por los medios de comunicación. De cualquier forma, esos sueños televisivos no sirven como descanso, no sirven para eliminar eso que sucede fuera de campo. Mientras Precious imagina ser una estrella de cine a la salida de una premiere, al otro lado, la realidad sigue trabajando en la miseria. La fugaz atención del enfermero interpretado por Lenny Kravitz –puesto ahí sólo en función de la taquilla– y el liviano apoyo que recibe de su profesora no logran balancear el peso de las desgracias. Al final, mientras se va con sus hijos después de haber tomado, por lo menos, una decisión, no hay futuro por delante ni un camino recorrido. Precious no está muy lejos de donde empezó.

A la pregunta que se hacía Lisa sobre si su familia la iba perdonar por su manoseado retrato, el cine le da una respuesta similar a la que recibe quien guste de Precious. La pequeña directora entra junto a un amarillo Jim Jarmusch en una sala para ver otro documental estrenado en el festival de Sundance. Nelson, su compañerito white trash, dirigió una película sobre su vida con una madre alcohólica en una casa de remolque. Después de ver en pantalla escenas patéticas de la vida cotidiana de Nelson cargadas de una música y una voz en off dispuestas para emocionar, Lisa obtiene una sensación de alivio y una lección: que otras personas tienen problemas familiares mayores que los de ella. En la calle, Nelson y su madre se exhiben como fenómenos mientras un festivalero les pide que digan algo de pobres. Quizás a Gabourey Sidibe alguien le haya gritado lo mismo en el mismo lugar.

publicado por Martín Stefanelli el 17 febrero, 2010

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