Ciertamente los puristas del detective se verán contrariados ante la nueva gamberrada de Ritchie que se decanta por un cine espectáculo con tintes paranormales que se tornan pronto en científico deductivos pero que sobre todo sienta las bases de una de las mejores parejas cinematográficas de los últimos tiempos de la mano de Holmes y Watson (con perdón de la tercera en discordia) y que luchan contra un malo muy típico de las películas de británico, Mark Strong, que se ha especializado en villanos y no tiene que esforzarse mucho para dar el pego “paranormal”.
La cinta trascurre en una época de cambio, la victoriana e industrial ciudad de Londres se encuentra abierta a grandes reestrucuraciones y cuando uno de sus nobles es detenido por asesinato con rituales demoníacos de por medio el terror se cierne sobre una urbe informada por tabloides alarmistas cuya estabilidad política y bajos fondos son más cercanos de lo que parece igualmente. De este modo un Sherlock Holmes barriobajero, irracional, instintivo y poco corriente campa a sus anchas riéndose del poco ingenio de la policía, marionetas del estado, y demás habitantes de la superpoblada ciudad con un sarcasmo inusual, una chulería americana y ante todo una capacidad deductiva y analítica impresionante.
En estos tiempos decir que Sherlock Holmes es una buena película es muy matizable. Es entretenida, tiene ritmo y algún toque de humor que puede agradar o repeler a los espectadores por igual. Lo que sí ha conseguido una vez más Ritchie es vender palomitas, sólo por eso ya se le puede dar las gracias.
Lo mejor: Redescubrir y querer a Watson.
Lo peor: Que al acabar tienes la necesidad de ver la segunda parte y olvidar un poco la primera.
