Jason Reitman hace una estimulante disección de la jungla de los negocios, la limpia de puyazos excesivamente retorcidos, la despoja de retórica y la filma como si se tratase de un documental de la National Geographic en la que un león acecha a una gacela, la aborda y la desmembra en tres bocados certeros. El problema es la soledad del león, su vacío íntimo, esa ausencia de valores que lo convierten en un cazador depravado pero carente de interés en la naturaleza misma de la caza ni convencido de la necesidad de su ejercicio. Aquí es donde Reitman gana la partida a los escépticos con un impecable George Clooney. Jamás un hijo de puta ha exhibido modales más exquisitos. Es eficiente porque no es de este mundo, es letal porque no considera en ningún momento la biografía del ajusticiado: se limita a exponer el cese, a componer un recitado convincente de las causas y de los efectos de la crisis. Todo esta recia armadura que lo protege contra la realidad se desmorona y asistimos, en la más insufrible parte del metraje, en los minutos palomiteros, al declive de la bestia, a su ingreso en el universo de los que sufren (su hermana a punto de casarse, el cuñado que le aboca a descubrir lo falso que es su chasis, lo hueco que está por dentro). Es aquí en donde el vigor narrativo mengüa y donde el desenlace se intoxica de esos happy endings que las majors (a pesar de ser Reitman el padre de aquella falsa película indie llamada Juno) piden a gritos cada vez que un actor como Clooney se pone en faena y ocupa los trailers con su bien ganada condición de estrella.
Up in the air flaquea cuando se hace convencional: gana en su puesta en escena, en la lentitud de su argumento, en todos esos diálogos maravillosos que nos hacen creer que estamos ante una grandísima película que más tarde no es.
Lo mejor: El guión hasta que deja de ser provocador y pasa a ser convencional. Ah, y Clooney.
Lo peor: El guión desde que empieza a ser convencional
