La trama se sitúa en 1967, Larry Gopnik cumple con sus obligaciones religiosas, está felizmente casado, es padre de dos hijos, tiene un hogar apacible con jardín, es profesor de física de la universidad…, se podría decir que Larry es una persona feliz. Pero el rumbo de la vida puede cambiar de un momento a otro y Larry (la caracterización de Michael Stuhlbarg me pareció lo mejor de la película) pasa a convertirse en uno de los hombres más desdichados del planeta, todo le sale mal y aunque parezca imposible, las cosas irán siempre a peor. Su mundo ideal se derrumba y esta circunstancia tan dramática consigue hacernos reír en algunos momentos debido a la intervención de los Coen.
Está claro que los hermanos Coen son unos personajes atípicos, hacen películas para ellos mismos y el que quiera entender que entienda, este hecho les honra. No trabajan para un público sino que el público ha tragar con lo que ellos hagan, por ello es comprensible que aparte del guión y la dirección se encarguen también de la producción. Con el prólogo ya avisan al espectador que no van a ver una película convencional, este extravagante inicio supone la entrada al mundo de los Coen, un mundo que esta vez me ha decepcionado, el humor aunque sugerente parece que nunca llega a estallar, el tempo marcado resulta demasiado lento y solo consiguieron impresionarme en una escena, la que sitúa la acción en el lago, no diré más.
Me agrada su parte crítica con la sociedad, en especial la judía, pero veo que no me termina de llenar, se echa en falta más acción y tensión, la escena en la que Larry visita la casa de su vecina de ojos deslumbrantes me dice poco, se podría haber creado un clímax más placentero para el paladar humano. Y esa es la sensación final que me deja el filme, me interesa la vida de este desgraciado judío pero el envoltorio resulta incoloro, áspero e insípido.
Lo mejor: Michael Stuhlbarg.
Lo peor: Falta de ritmo.
