Revolutionary road

Sam Mendes es uno de esos directores que tuvieron la oportunidad de entrar en Hollywood por la puerta grande. 8 nominaciones a los Oscars, ganadora de 5, entre ellos mejor director y película, junto con otros 83 premios y 74 nominaciones, encumbraban a su primer largometraje en 1999, American Beauty. Sobran las palabras. Muchas miradas se posarían en éste joven inglés experimentado en teatro y novato tras las cámaras. En 2002 conseguiría reunir un reparto de lujo para mostrar su particular visión de la mafia irlandesa en el Chicago de los años 30, Camino a la perdición, obteniendo una buena acogida por parte de público y crítica, aunque algo más tibia. A pesar de todo vendría acompañada de otras 6 nominaciones a los Oscars, destacando la última como actor al recientemente fallecido Paul Newman, ganadora a la mejor fotografía y 105 millones de dolares obtenidos en taquilla norteamericana. Con las expectativas cumplidas, Mendes lograba mantener el listón bastante alto. Aunque las críticas no se harían esperar, con la llegada de Jarhead en 2005, fueron muchos los que observaron demasiados paralelismos con La Chaqueta metálica, Platoon o Apocalypse Now, siendo duramente acusada de falta de originalidad y sobrevaloración. Quedando relegada a un segundo plano solo apto para incondicionales. Y ahora, como viene siendo costumbre cada 3 años, vuelve Sam para mostrarnos otra vez lo que mejor sabe hacer, un completo desglose y análisis de las familias más combativas de la américa profunda. 

Revolutionary Road es un largometraje doblemente esperado, primero, me atrevería a decir gracias a la vuelta del dúo protagonista, Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, 12 años después de la mítica Titanic de James Cameron, acompañados por el morbo de que director y actriz principal son pareja en la vida real, añadiendo un importante grado de dificultad a la hora de rodar escenas elevadas de tono, sexual o dramáticas. Por otro lado, el propio Sam Mendes, debía demostrar si lo suyo es un tipo de desinfle paulatino a lo Night Shyamalan o todo un prodigio en la descripción de las relaciones humanas, alguien a quien le queda mucho que decir en pantalla grande, un David Fincher, un tipo con ganas de superarse. En este caso, las ganas se muestran y casi lo consigue, casi. 

El film enmarcado en el corte clásico de los años 50, que adapta la novela homónima escrita por Richard Yates en 1961, comienza mostrándonos como dos personas, April y Frank, sin aparentes similitudes, acaban siendo la idílica pareja Wheeler, casados, con hijos y desarrollando una apacible vida en el idílico y paradisíaco barrio suburbano de Revolutionary Road, donde se alza sobre una pequeña loma la majestuosa casa blanca, limpia e impoluta que representa el gran sueño americano y donde tendrán lugar la mayor parte de los acontecimientos. Todo esto no es más que fachada, ya que en el fondo, en las raíces, todos sabemos que la felicidad en una pareja solo es aparente, solo es momentánea, y desde los primeros minutos del film podemos observar con claridad el conflicto que se avecina, con un DiCaprio enamorado de una infeliz Winslet, que fracasado su sueño de ser una gran actriz, solo ve en la huida a París el último recurso para encontrar la felicidad. 

A priori, nada nuevo bajo el sol, paralelismos con American Beauty, y una ambientación similar a la de Camino a la perdición. Siendo precisamente ahí donde reside la magia del cine y el prestigio de un buen director. Sam Mendes insiste en descubrir América, en bucear otra vez en la profundidad de los hogares para mostrarnos las miserias que nos hacen a todos diferentes, a todos iguales. Y sabe hacerlo, con una gran maestría a la hora de componer planos y secuencias largas, dignas del teatro, no del celuloide. Pasando por el hilo conductor que son los Wheeler, majestuosamente interpretados por el DiCaprio más humano, con sus virtudes como padre de familia y sus errores como amante, impulsivo y hablador, necesitado a la hora de exteriorizar sus miedos, los demonios internos y tener todo bajo control, siente un fuerte amor por la familia y la figura paternal que la mantenga unida, y ante todo y a pesar de todo sigue amando a su mujer. Una Winslet egoísta, que dice querer a sus hijos, pero antepone todo a su propia felicidad, callada y pensativa, prefiere vivir la pena en soledad, no hablar de los errores y tomar las decisiones por cuenta propia, sin consenso alguno, siendo muchas las ocasiones en las que se equivoca, provocando la mayor carga dramática de la película por culpa de un orgullo femenino incontrolable. 

Los actores principales están magistralmente apoyados por unos secundarios de lujo, Kathy Bates y su hijo Richard Easton, como la familia Givings desempeñan el papel de madre coraje entrometida e hijo con problemas mentales, que quizás no sean tantos, a la perfección. A ellos se le añaden los vecinos, siempre comentando y deseando lo ajeno, escudándose en las desgracias de los demás para intentar salvar lo insalvable. 

Otros de los apartados a tener en cuenta en las cintas de Mendes son siempre la fotografía, excelente como siempre por parte de Roger Deakins, y la banda sonora a cargo de su inseparable Thomas Newman, que en este caso peca de repetitivo y conservador. 

Como aspecto negativo podríamos achacarle la previsibilidad típica de todas sus películas y la rapidez con la que se desarrolla el final, a pesar de todo, he de reconocer que las últimas escenas que cierran la película son de esas que hacen pensar, que a día de hoy no nos viene nada mal. O algunos aspectos menores, como el dramatismo exacerbado con olor a Oscars. 

En resumen, Revolutionary Road, es una de esas películas que gustan a la academia, que encandilan al público de paladar más exquisito y que consigue mantener el cache de Mendes en una dignísma posición como director, conservando un nivel fresco y dinámico. Una historia sobria, con tintes de cine clásico, pensada para el lucimiento de todo su reparto, cuya gran baza es el retrato del matrimonio y las relaciones de pareja.

Altamente recomendable para todos aquellos que se autoclasifiquen de amantes del cine.

Lo mejor: La pasión de Mendes a la hora de retratar y dar forma a todos sus personajes, un tipo que sigue poniéndose el listón muy alto, un director que hasta la fecha no defrauda. El ritmo sobrio y la credibilidad de sus actores.
Lo peor: Que algunos la tachen de drama previsible y en parte con razón.
publicado por Ñete Rodriguez Peña el 2 enero, 2010

Enviar comentario

Leer más opiniones sobre

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.