Fallida, con momentos brillantes, imprevisiblemente hipnótica, The box es un intento de recuperar el Sci-fi puro, el setentero, el incluso anterior, que se ve con agrado, pero que decepciona al pureta del género.

★★☆☆☆ Mediocre

The box

La guerra fría creó un género dentro de un género en el cine mainstream: era el terror reformulado a partir de la realidad y no impostado, creado desde el gótico o sobrealimentado de fantasmas, vampiros y otras criaturas de la retorcida nómina de autores clásicos como Poe, Lovecraft o Maupassant. En cuanto la vida doméstica se tiñó de hongos nucleares, la máquina de hacer dinero del Gran Hollywood echó mano de la ciencia-ficción. Nos invadieron del espacio exterior y nos abdujeron: crearon zombis, clones, ejércitos de alienados que fatigaban las calles sin disimulo de su condición o que ocupaban puestos de importancia en la vida social y reclutaban feligreses a la causa cósmica. Un poco de todo esto está en el cuento publicado en Playboy en 1.970 por el maestro Richard Matheson (Botton, botton) y en menor medida, en un limbo pasablemente entretenido, en la película de Richard Kelly. Atrás quedó la estupenda Donnie Darko: sobrevalorada, mitificada, pero todavía fascinante.
The box es una invitación al miedo primario que cruzó sin rival que lo derribara el cine fantástico desde los últimos cincuenta (The man from Planet X, de Ulmer; El enigma de otro mundo, de Nyby y la antológica y fundacional La invasión de los ladrones de cuerpos, de Siegel, nada que ver con la versión de finales de los setenta del aséptico Philip Kaufman) y murió a principios de los ochenta, época de asesinos en serie, de descerebrados a los que la bendita naturaleza sólo les premió con el don natural de la extinción sistemática de sus iguales. The box crea todas esas insalubres atmósferas de terror extraterrestre, de conspiración sideral, y lo hace con un guión dúctil, fácilmente entendible, sin fisuras ni dobles lecturas. Lo que Kelly hace después es matrimoniar malamente las texturas del cine clásico del género y las exigencias del público contemporáneo, joven, con escasa erudición cinéfila, ávidos de emociones fuertes y reacios a dejarse la pasta en experimentos. Kelly, indeciso, planea entre estas dos clientelas y no acaba de contentar del todo a ninguna de las dos.
The box posee, no obstante, imágenes perfectas: zombis pegajosos que no aturden al espectador, pero que están muy estratégicamente colocados en diferentes partes de la trama; sugerentes planos que escamotean o exhiben sin pudor la terrible quemadura en la cara del extraño Sr. Steward, un metódico Frank Langella… Más preocupado de razonar o de interrogarnos sobre la naturaleza sobrenatural de la caja de marras, que sesga la vida de una persona al pulsar el botón rojo que la preside, Kelly desatiende el dilema moral, la historia interna de la pareja que, empujada por la necesidad de una vida mejor, decide entrar en la espiral de caos que representa la arcana caja. Lo que podría haber sido un fantástico thriller queda en un digerible ejercicio de nostalgia sci-fi. El que se pierde en las divagaciones metafísicas de la historia es el espectador, el paciente, el amante de la historias, que aquí flaquean, se esbozan, se estiran y terminan entrando en un peligroso territorio más cercano al ridículo que a la perplejidad.
Lo mejor: El inicio, ese arranque absolutamente fantástico...
Lo peor: Cómo Kelly se mete en divagaciones, cómo se pierde en un material tan noble y sincero...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 30 diciembre, 2009

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