Portentosa experiencia visual, sobre todo. Después, a ras de historia, quizá haya poco que rascar y todo quede en eso, en la sobrenatural aventura del hombre en su incensante búsqueda de encontrar su lugar en el mundo.

★★★★☆ Muy Buena


Con los años, a pesar de llevar doce en el dique seco, preparando este Avatar, James Cameron no se ha separado de su discurso inicial: sigue indagando en las razones de la máquina, en el espíritu humanista dentro en un futuro en donde la realidad se ha reducido a una carpeta alojada en un disco duro. El embalaje es éste: la planificación metódica del imperio absoluto de la tecnología, aunque detrás Cameron formula un cuento tradicional, apenas un cuento decimonónico al uso en el que uno es capaz de encontrar rastros de la literatura oral desde los tiempos de Ulises al Matrix moderno, pasando por Pocahontas o por la escuela profética de Asimov.
En muy resumidas cuentas, Avatar es una metáfora sobre el poder y sobre cómo el poder, incluso el más devastador, no es capaz de someter al amor. Ya lo dijo Hilario Camacho: el peso del mundo es amor. El de este blockbuster es cabalmente moderno: la teoría de la alianza de las civilizaciones empastada con los poemas de Walt Whitman o, si el lector prefiere, el antiguo conflicto entre el verso y la lanza que movió a Jorge Manrique y construyó nuestros propio sedimento literario. Todo eso puesto en danza con la tecnología fílmica más apabullante. Cameron, todos esos años después, sigue siendo un maestro de la ciencia-ficción. Se le puede negar que no haya aprovechado el talento técnico con un más concentrado esfuerzo narrativo, pero aquí importa el envoltorio más que lo envuelto, se ve más talento y más voluntad de crear arte en la delirante escenografía que en la trama oculta tras el azul que lo envuelve todo. No hizo falta la versión en 3D: renuncie a ella teniéndola en la sala contigua. Preferí la carnalidad del cine sin ese extra al que no dudo que los muy voluntariosos aficionados a las novedades ópticas encontrarán deleitoso y adictivo.
Lo que Cameron hace con su guión (elemental, precario, sencillo como un verso de David Bisbal) es arremeter contra las naciones poderosas y abrir al mundo la verdad de la dignidad de las que no exhiben ni poseen poder alguno. El pobre, el aniquilable, el reducible a polvo con una firma en un tratado o un dedo pulsando un botón, es el invadido. Parece que el director hubiese querido contar las razones de la bestia. Antes siempre estuvo en el lado humano y vimos como los aliens se merendaban a la tropa de la teniente Ripley en varias fogosas y fantásticas entregas. En esta vuelta de tuerca hemos avanzado un peldaño en la narración de la guerra infinita que el hombre libra con sus fantasmas y hemos alcanzado el territorio de lo minúsculo, de los árboles que hablan y de los moradores de un bosque vivo al modo en que vive la idea en la cabeza del hombre o la metáfora en la limpia imaginación de un niño. Pero quien quiera lujo visual, desentiéndase de este embrollo en el que me he metido y déjese sencillamente atravesar por las imágenes. Las hay a espuertas y casi todas fascinan. Es posible que algunas estén huecas. No pienso llevar la contraria a quien considere Avatar como un timo monumental, caro y estupendamente vendido. Se trata de que el cuerpo te pille en un punto o en otro del segmento espiritual. El mío, mi segmento, estaba abierto y casi me enlazo con las criaturas del mismo modo en que ellas, en la película, se vinculan orgánicamente con la naturaleza, con las bestias que la pueblan, con los olores y con el color del viento. En un orden infinitamente menos trágico y más desafectado de violencia, podríamos asegurar que el propio Walt Disney habría comprado este guión sencillo, sí, pero útil para montar la maquinaria audiovisual, el fastuoso engranaje de colores, texturas, capas y paisajes que el ojo ve y cree, pero que la razón (invadida por la fantasía) no comparte. Igual se trata de eso: de querer ver Avatar con un ojo rígido.
La historia de amor del marine paralítico y la alienígena azul vence (al final) a la estrella de cinco puntas nucleares que el Estado (o el Poder o la Razón o el Dinero) usa para conseguir sus fines, a los que Cameron da una importancia menudita, como de mcguffin irrelevante. El más que extenso metraje se consume más rápido de lo que el crítico poco cómplice querría. De todas formas no acabo de entender que se airee la mentira de que aquí empieza una nueva forma de entender el cine. Incluso habiendo pasado un buen rato (sin exagerar, no crean) salí lampando por compensar el abuso new-age, el volcánico chute de efectos especiales, con alguna golosina en DVD escondido en mis estanterías. Renoir, Capra, Ford, Truffaut. Incluso una buene sesión de John Carpenter, al que estoy ahora echando muchísimo de menos. Les juro que por la noche me acomodé en mi sofá favorita y disfruté durante dos horas de El apartamento. Wilder puro. No había un solo efecto especial y la emoción me erizó una vez más la nuca, pero me dormí pensando en Pandora, en que no es mala esta fórmula palomitera de ganar adeptos entre la chiquellería ávida de emociones fuertes. Entran a ver Avatar en 2.009 y dentro de diez años desean ver Blade Runner en bluray.
Lo mejor: Las imágenes.
Lo peor: Algunos tropiezos en el guión, el desajuste entre el brillo de la pantalla y la vacuidad, en ocasiones, de la trama.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 21 diciembre, 2009

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