Esta tragicomedia a la americana pretende ser romántica con ciertas dosis de dramatismo y ni gota de humor, no consigue emocionarnos en ningún momento, ni siquiera al final, y por tanto resulta realmente aburrida.

★☆☆☆☆ Pésima

        El guión de Elegy está basado en la novela El animal moribundo de Philip Roth, escritor norteamericano de éxito, lo cual en principio debería garantizar un argumento bien tramado.

       Durante 108 minutos Isabel Coixet y el guionista Nicholas Meyer nos intentan convencer de que estamos viendo una elegía, es decir, una composición triste donde se exaltan las virtudes de una persona muerta. En realidad se trata de una relación sentimental simple, sin muchas complicaciones psicológicas, que se establece entre un maduro profesor y una joven universitaria: ella deslumbrada por los conocimientos del profesor y él por la belleza de su alumna.

       En ningún momento se abordan los sentimientos de ambos protagonistas en sí mismos sino únicamente las circunstancias que condicionan sus actitudes: la enorme diferencia de edades que los separa, la mala experiencia matrimonial del profesor y la inexperiencia de la alumna, el rechazo a nuevas relaciones estables de él y el deseo de oficializar la relación de ella… pero del amor mutuo, nada. Tal vez la explicación esté en que la atracción entre ambos amantes parece no tener otro componente que el sexual.

       Los sentimientos de afecto por las alumnas no surgen en este profesor de literatura de forma espontánea sino como resultado de una idea premeditada como si se tratara de la preparación del programa del curso: la víctima de este año será la cubana de la tercera fila (planes llevados a cabo siempre después de la fiesta de graduación para no caer en la puritana ley de acoso sexual norteamericana).

       Así como en La vida secreta de las palabras a Isabel Coixet le bastaban pocas palabras para transmitir calidez, en Elegy utilizando muchos diálogos supuestamente emotivos lo único que logra es frialdad. Las reflexiones de los personajes sobre la edad y sobre el amor no poseen la consistencia mínima necesaria para interesar al espectador, muchas de ellas son falacias a la americana pronunciadas solemnemente como verdades indiscutibles, como cuando su amigo, poeta risueño de edad provecta y premio Pulitzer como el propio Roth, sentencia: "Las mujeres guapas son invisibles porque su belleza oculta su interior". Según ese agudo razonamiento podemos pensar que a todas les pasa lo mismo porque la fealdad oculta al menos tanto como la belleza el interior de las personas. De hecho el culto profesor no es capaz de decir una frase seguida que tenga algún sentido, se limita a parpadear y hacer gestos de consternación cada vez que se le demanda una opinión comprometida. El pensamiento más profundo que dedica a la literatura es que "los libros cambian en cada lectura y que nos sobreviven como las pirámides de Egipto". Hallazgo sin duda genial que termina embelesando a su alumna de la tercera fila.

       Hay cierto cinismo en la publicidad que se ha hecho de esta película, se anuncia: "Elegy. La belleza está en el ojo de quien la mira". Pues no, al menos en este caso no se encuentra en el ojo viscoso de Ben Kingsley sino en el atractivo cuerpo de Penélope Cruz aún en el caso de que careciera de los generosos pechos que nos muestra reiteradamente en pantalla.

       Se puede admitir la mezcla de ternura y morbo, pero confundir la docencia con el donjuanismo, la literatura con la estupidez y el pensamiento con el slogan demuestra escasa calidad humana. El profesor David Kepesh parece confundir todos estos conceptos y vive con la única obsesión de seducir a su alumna que se llama nada menos que Consuela, así, en femenino. ¿Qué queda entonces de la película? Casi nada, un calvo sátiro con problemas de conciencia y una bella alumna con problemas de salud. Esos ingredientes no bastan para hacer una buena película y mucho menos elegíaca.

       Que una directora española se suba a la nave cinematográfica norteamericana no es mala idea, ya sabemos que "si la montaña de Hollywood no viene a Madrid, Madrid va a la montaña". Pero hubiera sido preferible que aprovechara la oportunidad para llevar a la montaña cine de cierta calidad y no dejarse embaucar con la trillada tragicomedia a la americana.

       Todo esto hace que Elegy sea una comedia que pretende ser romántica con ciertas dosis de dramatismo y ni gota de humor, que no consigue emocionarnos en ningún momento, ni siquiera al final, y por tanto resulta realmente aburrida. Para quitarnos el mal sabor de boca tendremos que olvidar Elegy y acordarnos del océano de tristeza que recreó Isabel Coixet en La vida secreta de las palabras.


Leopoldo de Trazegnies Granda

Lo mejor: Que una directora española se haya subido a la nave cinematográfica norteamericana, ya sabemos que
Lo peor: Que habiendo ido a Hollywood debería haber aprovechado para hacer un cine de mayor calidad.
publicado por Leopoldo de Trazegnies Granda el 5 diciembre, 2009

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