Dicho esto debo admitir que me ha sorprendido gratamente el giro emprendido por el director de “Luna nueva” al abordar esta secuela. No solo se ve una clara intención de acercar la narración a un público más adulto sin por ello renunciar a los fans de la saga, sino que además ha sabido imprimir a su película una cierta personalidad propia en la que no faltan incluso algunas set pieces memorables.
Pero tampoco lancemos las campanas al vuelo. “Luna nueva” no es que sea una gran película pero al menos debemos reconocerle su indudable capacidad para reciclar un material por el que muchos, yo el primero, ya no daban un duro. Para que los aficionados al fantástico o a las películas de vampiros me comprendan, “Luna nueva” vale más que toda la saga de “Underworld” junta. Puede que esto no sea decir mucho pero sé que sabréis entenderme.
Cierto es que “Luna nueva” parte con una importante ventaja sobre su predecesora en cuanto a historia ya que, al contrario que aquélla, en el presente film el director puede saltarse sin problemas toda la presentación de personajes lo cual le permite entrar en materia desde el primer fotograma sentando la trama sobre la que girará toda la película y con cuya esencia es mucho más fácil identificarse que con la de su predecesora: ¿existe el amor inmortal? Incluso para una pareja tan relamida como la protagonista ¿podrá más el tiempo que la fuerza de sus sentimientos?
Una cosa que queda más clara en esta película que en “Crepúsculo” es el escaso empaque de su dúo protagonista. Es digna de aplauso la labor que realiza el director encuadrando y moviendo la cámara alrededor de ambos intérpretes tratando de sacarles algo y apoyándose en toda la escenografía y la luz para incrementar lo que éstos tratan pero no consiguen poner en escena. El personaje de Edward aparece poco en este film pero su mirada esquiva y perdida en sus pensamientos así como las sonrisas insinuadas y melancólicas se repiten tanto que me hacen cuestionar si hay algo más en el repertorio facial de este muchacho. Pero el premio gordo se lo lleva Bella, cuya intérprete parece constantemente drogada o mareada con un molesto tic en un ojo cada vez que debe pronunciar alguna declaración sentida. Lo más curioso es que dicha interpretación puede deberse al estado embriagador al que al parecer el personaje de Bella se precipita cada vez que se encuentra con Edward, tal y como se describe en las novelas, pero… ¡es que hace lo mismo incluso cuando no está con él!
Por suerte y, como decía, el director se aplica a conciencia para remediar estas carencias con soluciones de planificación y montaje en las que en ocasiones abusa un poco del lenguaje del videoclip aunque, ciertamente, sea un lenguaje que encaja perfectamente con el material que tenemos entre manos.
Probablemente, la principal novedad de la película a nivel narrativo sea la que menos interés a despertado en mi, y me refiero a la presentación de los hombres lobo y al cierre del triangulo amoroso. No me interesa porque ya lo he visto (cualquiera que conozca el mundo de “Vampiro, la mascarada” está harto de oír hablar de enfrentamientos entre vampiros y hombres lobo) y porque, como en el caso de la luminosidad que exudan los vampiros de esta saga cuando se muestran al sol, los licántropos no son sino hermosos lobos gigantes sin atisbo alguno de monstruosidad, por más que se les quiera mostrar fieros y terribles. Incluso el interesante detalle de la cicatriz que exhibe en el rostro la novia de su líder y que fue provocada por la ira desatada una de las fases lobunas de éste (¡y que se entendía sin que un personaje tuviera que explicarlo!) se diluye con su pose amable y el ambiente de hermandad que el clan de licántropos, inicialmente presentado con mucho acierto como una especie de secta, dan a sus reuniones haciéndoles parecer antes un grupo de surferos o de amantes de los deportes de riesgo que seres torturados por su maldición.
No está en el discurso de la autora de las novelas ni en el de sus adaptadores al cine reflexionar sobre la naturaleza de dichas criaturas ni de cómo sobreponerse al horror que les supone el tener que alimentarse de sangre humana (al menos en el caso de los vampiros). Es un tema por el que se pasa de puntillas, como tantos otros que solo servirían para oscurecer un relato que se quiere luminoso y en tonos pastel, y que se dirige en una dirección muy distinta: ¿hasta donde estaría dispuesto a llegar el más atractivo de los hombres por el amor de una mujer? ¿a cuánto estaría dispuesto a renunciar?
La última parte del relato, no obstante, parece abrir una puerta hacia una tercera entrega con algo más de profundidad, pues el relato parece abandonar finalmente el ambiente rural e íntimo del pueblecito en el que transcurren la primera y buena parte de esta entrega para adentrarse en la complejidad del mundo de los vampiros más allá del charco, lo que ya ha servido para presentarnos a algunos miembros de lo que podría ser la “nobleza” de su sociedad, con sus costumbres, su justicia y su falta de piedad; detalle visual muy interesante y no explicado en el film el de esos vampiros europeos de ojos enrojecidos, símbolo de alimentarse de sangre humana.
Se quedan en mi retina algunos momentos realmente llamativos y con gran poder visual como es ese arranque de la película en el que Bella se confunde a si misma con su abuela o la magnífica, y de momento lo mejor de toda la saga, secuencia de persecución en la que la manada de lobos trata de dar caza a la vengativa vampira pelirroja que huye por el frondoso bosque, en esta ocasión más verde que azul.
Lo mejor: Que su director consigue imprimirle un estilo algo distinto a una saga demasiado encorsetada por el de las novelas de las que procede
Lo peor: Que es inevitable asistir a una nueva sucesión de diálogos abochornantes sobre el amor que se profesan sus protagonistas amén de tener que ver a sus limitadísimos intérpretes
