No es una película a la que se pueda acudir sin una verdadera actitud de entrega, siendo muy exigente con los espectadores, pero regalándoles, a cambio, la oportunidad de encontrarse con una de esas bellas rarezas.

★★★☆☆ Buena

En ese cine español que ha quedado por completo al márgen de concesiones comerciales y han optado por una liberación artística y una experimentación formal muy alejados de los cánones de moda, se han venido produciendo excelentes nuevos trabajos. “El brau blau” es uno de esos ejemplos, donde el inexistente presupuesto deja abierto al autor la capacidad de expresar con imágenes (y en ocasiones muy contadas, citas) todo el carácter y belleza de un arte desprestigiado por su inherente violencia.

Villamediana opta por mostrar la cara amable de la tauramaquia, pidiendo que veamos más allá de la lucha con el toro y toma como referencia a José Tomás para componer a un misterioso, taciturno y solitario personaje cuyos movimientos crean una danza con la naturaleza, con su propio cuerpo y los escasos instrumentos a su alcance. Hay, bajo esa aparente sencillez de los gestos, todo un lenguaje no verbal que emparenta la tan polémica fiesta nacional con un arte y una filosofía de vida, una actitud de coraje y respeto, de alguna forma, de amor, que elimina por completo los prejuicios que hacia dicha práctica pueda tener el espectador. Cuando la película y el personaje vuelven a terrenos más civilizados, es notoria la sensación de aprisionamiento e incertidumbre que produce, desestabilizando el propio juego que propone Villamediana, para descubrirnos que volver a la realidad (ya sea en el exterior de una plaza o frente a un coche en una carretera poco transitada) supone un duro golpe que quiebra la frágil y etérea construcción en torno al personaje protagonista.

No es una película a la que se pueda acudir sin una verdadera actitud de entrega, siendo muy exigente con los espectadores, pero regalándoles, a cambio, la oportunidad de encontrarse con una de esas bellas rarezas que prueban que el cine va más allá de la narración y la industria.

Lo mejor: Su hipnótica muestra de gestos y movimientos y su atrevimiento formal.
Lo peor: Que Villamediana no profundice más en el enfrentamiento del torero a la realidad que lo rodea.
publicado por Ignacio Portabela el 11 octubre, 2009

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